domingo, 29 de mayo de 2016

Cuento: El túnel de ramas



Es domingo y Melisa arrastra a Roberto a un picnic en la falda de la montaña. Extiende el mantel tan cerca de la orilla del río que sin cambiar de lugar podría tocar el agua con los dedos.
Roberto se sienta sobre una gran roca plana con los ojos fijos en el agua, las rodillas abrazadas y la cabeza hundida entre los hombros. Melisa, al tiempo que le arroja breves miradas nerviosas, coloca los platos, los vasos, los cubiertos, los huevos duros, la fuente con las presas de pollo y la de ensalada. Luego pone a enfriar la botella de gaseosa en el agua.
—Sácala —advierte él desde la roca a la que parece estar pegado—, se la llevará la corriente.
—No se la llevará.
Pero las piedras que puso para afirmar la botella no evitan que la fuerza del agua la arrastre río abajo. Un gruñido seco le llega desde la gran roca plana.
—Qué estupidez la tuya, mira que meter la gaseosa en el río —se queja Roberto y baja de la roca.
Melisa calla. Se concentra en los movimientos pausados y uniformes de la mano que lleva el cucharón de las fuentes a los platos, de los platos a las fuentes.
—Tengo sed —reclama él cuando va por la segunda presa—, me estoy atragantando con el pollo.
—Toma agua de río. Hay mucha y está fresca.
Pero sabe que Roberto prefiere quedarse con el bocado de pollo atascado en la garganta antes que tomar agua de río. Ella también tiene sed. Se arrodilla, inclina el cuerpo hacia la ribera para recoger agua en las manos y llevársela a la boca. Cuando termina de beber recorre con la mirada el paisaje y ve a lo lejos las enormes ramas de un sauce llorón que al curvarse sobre las aguas forman un túnel.
Roberto lanza sobre el plato la presa de pollo a medio comer y vuelve a la roca. Se acuesta de espaldas y se tapa los ojos con el antebrazo derecho. Al poco rato Melisa escucha los ronquidos que rompen la sutil sincronía entre el sonido del viento y el de la corriente.
Se levanta y camina hacia el sauce. Alcanza el túnel. Se sienta sobre un tronco bajo el arco de ramas. Una hoja del árbol le roza la frente. ¿Qué le hubiera dicho Felipe por lo de la gaseosa?

No sabe cuánto lleva allí sentada. Cierra los ojos para aspirar el viento frío y brusco de la tarde que ya no es el mismo viento cálido y suave del mediodía. Abre los ojos. Mira hacia atrás. Roberto aún está tendido, inerte, fundido a la roca. Roberto. Tan parecido a la roca. Y Felipe. Podría asegurar que varios kilómetros más allá, en la ciudad, Felipe le está enviando por correo electrónico una nota con las coordenadas del nuevo encuentro secreto.

Pronto tendrá que volver a casa con Roberto. Al día siguiente se encontrará con Felipe en algún hotelito discreto. Él le hará prometer una vez más, como antes hacía Roberto con palabras muy parecidas, que siempre será la espontánea y soñadora Melisa, aunque dentro de pocos años le recuerde su torpeza cuando la botella de gaseosa se le escape río abajo.
Hunde los pies en la arena de la orilla. El río fluye veloz y arrastra algunos troncos, los rayos del sol caen sobre la superficie del agua, el viento agita las ramas de los árboles. Un paisaje limpio. Se pone de pie y no voltea a mirar la roca donde está Roberto, ni a la ciudad donde espera Felipe. Atraviesa el túnel de ramas del sauce llorón.
Cuando Roberto despierta ya es de noche. Está solo sobre la roca. La corriente se llevó el mantel, los platos, los vasos y los cubiertos, los restos del pollo y de la ensalada, las cáscaras de los huevos duros. Y allá en la ciudad Felipe se estará preguntando por qué Melisa no ha confirmado la cita del día siguiente.



© Carolina Meneses Columbié

1 comentario:

Destripaterrones1 dijo...

Otro cuento excelente. El río es el tiempo,todo fluye.