jueves, 23 de junio de 2016

Cuento: La pócima

Ya estoy sentada en el sofá del living de mi casa cuando mi hermano mayor entra por la puerta principal seguido de los chicos de la banda: el bajista, el vocalista, el tecladista y Alonso, el baterista. Traen en las manos partes de la batería de Alonso, las dejan en una de las esquinas del living y vuelven a salir, pero antes de salir mi hermano mayor, que es el guitarrista, me dice bajito:
—Piérdete mocosa, que vamos a ensayar.
Que ni lo piense, yo me voy a quedar bien instalada en el sofá, el mejor lugar para mirar a Alonso, y sé que mi hermano no me va a sacar a la fuerza, no delante de los amigos, no. Delante de ellos a él le encanta hacerse el condescendiente. Yo no me voy a ir justo hoy que lo tengo todo planeado: les ofreceré el jugo de mora cuando hagan la primera pausa. Con el calor que hace y con todo lo que sudan apuesto a que se lo toman de un trago, mi hermano seguro que pensará que qué bicho me picó, que de adónde tanta amabilidad, aunque quizás ni se sorprenda porque sabe que me muero por Alonso.
Y ahora regresan con los otros instrumentos. Cuando Alonso pasa por mi lado me dice hola, yo le respondo con una sonrisa y siento que la cara se me calienta y que el corazón me sube hasta las orejas.
Alonso arma la batería en un dos por tres, fija los platillos y acomoda ese tambor grande y los otros más chicos, al terminar se sienta en el taburete y se pone a lanzar las baquetas al aire haciéndolas girar para luego recibirlas en cada mano. Los otros afinan los instrumentos mientras él sigue juega que te juega con las baquetas. Y no se le cae ninguna.
—Haces el ridículo cada vez que viene, Alonso se ríe de ti —me dice siempre mi hermano cuando la banda ya se fue—. Juro que si para la próxima vez  no te encierras en tu cuarto te saco a rastras.
Pero a lo más que llega es a mirarme feo y a quejarse con papá, aunque la última vez que lo hizo papá le paró los carros, que no se crea con derecho absoluto  sobre el living sólo porque tiene permiso para meter ruido con la banda, que una queja más y ya se pueden ir buscando otro lugar.
A pesar de lo que dice mi hermano yo sé que Alonso no se ríe de mí, él me sonríe y a veces hasta me guiña el ojo. Cuando llega me dice hola y cuando se va me dice chao y estoy segura de que no se atreve más a causa de mi hermano, bah, total, si él supiera que después de hoy yo podré mirar a Alonso cuando me dé la gana y sin necesidad de quedarme en el sofá del living durante los ensayos. Me lo juró Sofía:
—De que funciona, funciona —me dijo hace dos semanas en la clase de Matemática—. Se lo escuché a doña Maruja cuando se lo explicó a mamá y después de que mamá la preparó y se la dio a beber, papá regresó a casa al otro día y no se ha vuelto a ir. Ahora pasan besuqueándose cuando creen que Toño y yo no los vemos. Si hasta lo pillamos a papá metiéndole a mamá la mano por adentro del pantalón y así mismo se la llevó hasta el cuarto y cerró la puerta con seguro, escuchamos el click.
Fue facilito conseguir los ingredientes que Sofía me dictó, menos uno con el que no podré toparme por ahora. Y la receta era todavía más fácil de preparar. Una pata de pollo tierno de la que me comí la carne y chupé el hueso, bien chupado para que se le impregnara la saliva. Lo dejé secar y después lo raspé para convertirlo en polvo fino: probé primero con el cuchillo de cortar carne, luego con la lima de uñas de mamá hasta que al final tuve que sacar a escondidas la lijadora de papá. El polvo me quedó bien fino, lo guardé y esperé sin bañarme la primera noche de luna llena. Cuando mamá se dio cuenta de que había pasado cinco días sin tocar el agua estuvo a punto de meterme a la ducha a la fuerza. Yo me puse a estornudar de mentirita y hasta disimulé una ronquera.
—Mañana a la ducha aunque te estés muriendo —me ordenó.
Por suerte a la noche siguiente salió la luna llena. Me encerré en el baño con un frasco de cristal vacío con capacidad para medio litro que me dio Sofía y con el polvo de hueso chupado. Agarré la palangana de arreglarse los pies, la llené de agua y con esa agua me lavé las axilas y las partes íntimas de allí abajo.
—La pócima podría debilitarse por el ingrediente que no tienes así que escúchame con atención: si llegas bien sucia a la noche de luna llena no creo que pierda efectividad, pero bien, bien sucia, ¿oíste? —me dijo Sofía cuando terminó de dictarme los ingredientes.
Yo creo que voy un poco atrasada. Sofía menstrúa desde el año pasado, aunque el doctor dice que no es que yo esté atrasada sino que a Sofía se le adelantó un poco, dice que tenga paciencia, que será pronto, que cuando menos lo espere.
Y pensar que con sólo cinco gotas me hubiera bastado. Pero confío en Sofía a ojo cerrado, si ella asegura que la clave está en llegar bien, bien sucia a la noche de luna llena, la pócima funcionará aunque le falte ese ingrediente.
Vertí el agua del lavado en el frasco de cristal, lo cerré con la tapa de corcho y me duché entera para que mamá dejara de molestar. Metí en el frasco el polvo fino de hueso de pollo chupado, lo agité bien y lo guardé en mi armario de donde lo saqué hace una hora para esconderlo en el fondo del refrigerador, detrás de las cajas de leche. Calculo que la banda hará una pausa dentro de unos veinte minutos; dentro de diez, me levantaré de este sofá, iré a la cocina y sacaré del refrigerador la pócima que ya estará bien fría y con la que prepararé el jugo especial para Alonso. Sofía me dijo que utilizara polvo de jugo de mora que es el más ocuro de todos, por si acaso, y que una vez listo lo dejara reposar un rato para que el polvo de hueso de pollo chupado se deposite en el fondo del vaso. Luego a prepararle el jugo a los otros con agua normal no más, no vaya  a ser que después los tenga a todos a mis pies, con lo feos que están. Quién podría imaginarse a mi propio hermano a mis pies, ¡puaj!

Ya pasó un mes desde que Alonso se tomó la pócima, y lo hizo tan rápido que no dejó en el vaso más que un resto de polvo de hueso de pollo chupado que podía pasar como polvo de jugo sin disolver.
—Gracias, estaba rico —dijo, chasqueó la lengua un par de veces y se me quedó mirando un rato.
Yo pensé que la pócima de tan efectiva ya le estaba haciendo efecto. Pero qué va, nada de eso. Sofía se equivocó. No bastaba con llegar bien, bien sucia a la noche de luna llena, el ingrediente que no tuve era fundamental, o si no que mire cómo su papá todavía sigue en su casa besuqueándose con su mamá y llevándosela para el cuarto. Yo, en cambio, después de un mes todavía sigo contemplando a Alonso desde el sofá del living. Cuando llega me dice hola y cuando se va me dice chao, a veces me guiña un ojo y me pregunta si voy a preparar más del juguito tan rico que le di una vez. Yo sonrío y le digo, con el corazón latiéndome a millón, lo mismo que me dice el doctor a mí, que tenga paciencia, que será pronto, que cuando menos lo espere.



© Carolina Meneses Columbié

sábado, 11 de junio de 2016

La stamina



El idioma italiano puede con una sola palabra abarcar un mundo de ideas o definir el sentimiento preciso. En "La mujer rota" de Simone de Beauvoir, uno de los personajes dice:
"(...) eso que los italianos designan con una palabra tan bella: la stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando has perdido eso, lo has perdido todo."

¡De eso se trata, señor!  Para qué agotarse en  profundos soliloquios si todos los motivos y todas las respuestas se explican allí. La stamina. ¿Se le está apagando? Procure avivarla. 

domingo, 29 de mayo de 2016

Cuento: El túnel de ramas



Es domingo y Melisa arrastra a Roberto a un picnic en la falda de la montaña. Extiende el mantel tan cerca de la orilla del río que sin cambiar de lugar podría tocar el agua con los dedos.
Roberto se sienta sobre una gran roca plana con los ojos fijos en el agua, las rodillas abrazadas y la cabeza hundida entre los hombros. Melisa, al tiempo que le arroja breves miradas nerviosas, coloca los platos, los vasos, los cubiertos, los huevos duros, la fuente con las presas de pollo y la de ensalada. Luego pone a enfriar la botella de gaseosa en el agua.
—Sácala —advierte él desde la roca a la que parece estar pegado—, se la llevará la corriente.
—No se la llevará.
Pero las piedras que puso para afirmar la botella no evitan que la fuerza del agua la arrastre río abajo. Un gruñido seco le llega desde la gran roca plana.
—Qué estupidez la tuya, mira que meter la gaseosa en el río —se queja Roberto y baja de la roca.
Melisa calla. Se concentra en los movimientos pausados y uniformes de la mano que lleva el cucharón de las fuentes a los platos, de los platos a las fuentes.
—Tengo sed —reclama él cuando va por la segunda presa—, me estoy atragantando con el pollo.
—Toma agua de río. Hay mucha y está fresca.
Pero sabe que Roberto prefiere quedarse con el bocado de pollo atascado en la garganta antes que tomar agua de río. Ella también tiene sed. Se arrodilla, inclina el cuerpo hacia la ribera para recoger agua en las manos y llevársela a la boca. Cuando termina de beber recorre con la mirada el paisaje y ve a lo lejos las enormes ramas de un sauce llorón que al curvarse sobre las aguas forman un túnel.
Roberto lanza sobre el plato la presa de pollo a medio comer y vuelve a la roca. Se acuesta de espaldas y se tapa los ojos con el antebrazo derecho. Al poco rato Melisa escucha los ronquidos que rompen la sutil sincronía entre el sonido del viento y el de la corriente.
Se levanta y camina hacia el sauce. Alcanza el túnel. Se sienta sobre un tronco bajo el arco de ramas. Una hoja del árbol le roza la frente. ¿Qué le hubiera dicho Felipe por lo de la gaseosa?

No sabe cuánto lleva allí sentada. Cierra los ojos para aspirar el viento frío y brusco de la tarde que ya no es el mismo viento cálido y suave del mediodía. Abre los ojos. Mira hacia atrás. Roberto aún está tendido, inerte, fundido a la roca. Roberto. Tan parecido a la roca. Y Felipe. Podría asegurar que varios kilómetros más allá, en la ciudad, Felipe le está enviando por correo electrónico una nota con las coordenadas del nuevo encuentro secreto.

Pronto tendrá que volver a casa con Roberto. Al día siguiente se encontrará con Felipe en algún hotelito discreto. Él le hará prometer una vez más, como antes hacía Roberto con palabras muy parecidas, que siempre será la espontánea y soñadora Melisa, aunque dentro de pocos años le recuerde su torpeza cuando la botella de gaseosa se le escape río abajo.
Hunde los pies en la arena de la orilla. El río fluye veloz y arrastra algunos troncos, los rayos del sol caen sobre la superficie del agua, el viento agita las ramas de los árboles. Un paisaje limpio. Se pone de pie y no voltea a mirar la roca donde está Roberto, ni a la ciudad donde espera Felipe. Atraviesa el túnel de ramas del sauce llorón.
Cuando Roberto despierta ya es de noche. Está solo sobre la roca. La corriente se llevó el mantel, los platos, los vasos y los cubiertos, los restos del pollo y de la ensalada, las cáscaras de los huevos duros. Y allá en la ciudad Felipe se estará preguntando por qué Melisa no ha confirmado la cita del día siguiente.



© Carolina Meneses Columbié