martes, 4 de septiembre de 2012

Caída libre, por Hernán Orellana Martínez


Se asomó al borde de la terraza y vio todo tan chiquitito que no pudo evitar que una lágrima de ternura le resbalara por la garganta. Una tarde bastante fría y nublada le había bajado el ánimo a tal punto que no le costó mucho decidirse a saltar. A la altura del noveno piso pensaba en lo tristes que estarían sus críos, esa noche, cuando lo vieran todo despaturrado en el noticiario de las 10. En el séptimo un pájaro que se cruzó en su camino le hizo el quite y se quedó mirándole mientras caía, extrañado tal vez de no verle aletear. Cuando pasaba ya el quinto se abrieron las nubes y un rayo de sol incendió los vidrios de los edificios circundantes, iluminando la tarde con un destello majestuoso. Pensó que nunca había visto tan lindo a Santiago en invierno así que, al llegar al segundo piso, golpeó en el ventanal y, cuando le abrieron, pidió permiso, atravesó el comedor y el living de la perpleja familia, abrió la puerta de calle y se alejó silbando, en dirección al paradero más cercano.

H.O.M. Junio 2010.