martes, 4 de septiembre de 2012

Caída libre, por Hernán Orellana Martínez


Se asomó al borde de la terraza y vio todo tan chiquitito que no pudo evitar que una lágrima de ternura le resbalara por la garganta. Una tarde bastante fría y nublada le había bajado el ánimo a tal punto que no le costó mucho decidirse a saltar. A la altura del noveno piso pensaba en lo tristes que estarían sus críos, esa noche, cuando lo vieran todo despaturrado en el noticiario de las 10. En el séptimo un pájaro que se cruzó en su camino le hizo el quite y se quedó mirándole mientras caía, extrañado tal vez de no verle aletear. Cuando pasaba ya el quinto se abrieron las nubes y un rayo de sol incendió los vidrios de los edificios circundantes, iluminando la tarde con un destello majestuoso. Pensó que nunca había visto tan lindo a Santiago en invierno así que, al llegar al segundo piso, golpeó en el ventanal y, cuando le abrieron, pidió permiso, atravesó el comedor y el living de la perpleja familia, abrió la puerta de calle y se alejó silbando, en dirección al paradero más cercano.

H.O.M. Junio 2010.


sábado, 1 de septiembre de 2012

En una biblioteca pública tú puedes encontrar




Al que desde hace algunos días llega siempre a la misma hora y  ocupa la misma mesa, saca de su maletín el mismo libro de existencialismo sobre el que, invariablemente, estará durmiendo a los cinco minutos.
Al escolar que  pide en Referencia un libro de álgebra y una vez que se lo entregan y ocupa su puesto, en lugar de revisar el libro se pone a rayar la mesa.
Al chico de mirada inteligente que no revisa el catálogo de títulos sino que va directo a la estantería porque prefiere revisar libro por libro y que al final, por desear llevárselos todos, no se llevará ninguno.

A la niña que hace algunos días descubrió los libros infantiles y quedó deslumbrada porque ya no tendrán sus padres que comprarle todos los que ansiaba leer.

A la ama de casa que se cansó de la casa, del planchado y del cocinado, que ingresa con timidez a la sala de lectura y  le pregunta a la bibliotecaria  por qué autores comenzar.

A la misma ama de casa, seis meses más tarde, que le cuenta a la bibliotecaria  que el marido la dejó.

Al que pide siempre el libro que no está porque antes de pedirlo ya lo buscó en el catálogo. Y todo para no dejar de exclamar con aire de triunfo: “¡Aquí nunca hay nada!”

Al que ya se jubiló e ingresa a la sala de lectura llevando bajo el brazo el libro que va a devolver y le pregunta a la bibliotecaria: “Mi reina, ¿qué me va a recomendar ahora?”

Al que sabe que los bibliotecarios y las bibliotecarias también celebran su día y con un agradecido, sincero y cálido apretón de manos le da las felicitaciones.

Al que aquí no fue nombrado, tan necesario como el que sí lo fue.

2008


martes, 21 de febrero de 2012

La importancia de los buenos títulos



El título es lo primero con lo que el lector se enfrenta, y como la aventura comienza por ahí, el título vendría a convertirse en la tarjeta de presentación de la obra literaria. Un título puede ser mejor que la historia misma, o viceversa; un poderoso imán o  campo minado. Puede ser poético, agresivo, enigmático, repelente, atrayente. Encerrar una doble lectura o no dejar nada a la imaginación. Soso, cursi, sugerente o sublime, el título es una parte de la obra que no hay que descuidar.
Hay autores que poseen una enorme inventiva mientras que para otros el título se convierte en un problema. El consejo de los amigos puede ser valioso, pero cuando éste falla existe un recurso del que se ha hablado hasta el cansancio: distanciarse de la obra por un tiempo ayuda a ordenar las ideas y permite que en el lugar recóndito donde se negocia la creatividad, logre formarse algo que nos deje satisfechos. En todo caso, quedar satisfechos es otra utopía del trabajo literario.
Revisemos algunos de los buenos títulos que a juicio personal nos ha venido entregando la literatura, mencionaré los que recuerdo ahora, la lista es larga y mi memoria corta. Si a ti se te ocurren otros te agradeceré el aporte. Recuérdese que por título me estoy refiriendo al nombre del libro, no a su contenido.

De Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.

De Gabriel García Márquez:
Cien años de soledad.
Ojos de perro azul.

De Mario Vargas Llosa.
La ciudad y los perros.
La orgía perpetua.
El paraíso en la otra esquina.

De Nicolás Guillén:
La paloma de vuelo popular.
Balada de los dos abuelos.

De Eliseo Diego:
El oscuro esplendor.
Libro de quizás y quién sabe.

De Alejo Carpentier:
El recurso del método.
El arpa y la sombra.
La consagración de la primavera.

De Clive Staples Lewis, La travesía del Viajero del Alba (The Voyage of te Dawn Trader), la tercera novela de Las Crónicas de Narnia.

De Truman Capote el cuento Música para camaleones.

De Raymond Carver, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

De Pablo Neruda, Crepusculario.

De Paul Auster, La invención de la soledad.

De Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de Famas.

La lista no termina aquí, se irá enriqueciendo a medida que vaya recordando y conociendo.


© Carolina Meneses Columbié, 2011