martes, 12 de abril de 2011

Cuento: El retorno




A La que busca estrellas la fui a visitar el mismo día que le dieron de alta y regresó al edificio. No sé por qué esperé encontrarla en la cama si yo sabía que lo suyo no era un mal físico, sin embargo fue ella la que me abrió la puerta después del primer timbrazo. Seguía linda a pesar de los años en el sanatorio, como cuando éramos niños y me pedía que la acompañara por las noches de verano a la azotea del edificio a “chequear el cielo”. Nos acostábamos boca arriba sobre el piso de cemento y mientras ella chequeaba yo le miraba la silueta iluminada por el resplandor de las luces de los otros edificios. Nunca se me ocurrió preguntarle qué era lo que chequeaba tanto, sólo me interesaba estar a su lado aunque ella permaneciera en silencio y con la mirada fija, sin pestañear casi, en algún punto del firmamento hasta que abría la boca para decirme que ya era tiempo de bajar.
Después de darme un abrazo breve, de ésos en los que las manos se afirman como debe ser y en el lugar preciso, me llevó hasta el living. La madre estaba en el sofá y yo fui a sentarme a su lado.
La que busca estrellas conversaba con tranquilidad, sentada en el sillón con las piernas cruzadas. Un vaso de jugo en una mano y un cigarrillo en la otra, y se los llevaba a los labios con una alternancia regular, demasiado regular. En vez de la expresión ausente que se le había instalado en los ojos un par de meses antes de que la ingresaran en el sanatorio, me fijaba la mirada y me preguntaba con interés sobre lo que había estado haciendo el último tiempo.
Daba la impresión de haber puesto cable a tierra por fin, pero cuando la madre se fue a la cocina a preparar el almuerzo, de un salto vino a sentarse a mi lado. Atenta a la puerta de la cocina y sin hacer más pausas que las necesarias para tomar aire, me contó entre susurros su vida en el sanatorio.
Había decidido comportarse con normalidad el día que escuchó al doctor decirle a la enfermera jefe que tendría que usar con ella métodos más drásticos. Había visto en las películas lo que les hacían a las pacientes difíciles en esos lugares, por lo que suponía cuáles eran los métodos drásticos a los que se refería el doctor. Y ella podría soportar la camisa de fuerza y hasta los lengüetazos del enfermero degenerado que se aprovecha de las locas amarradas, podría soportar el aislamiento, incluso uno que otro electroshock. Pero no podría resistir el confinamiento en un cuarto sin ventanas. No. Cuando el doctor le volvió a preguntar sobre la Gran Estrella, en lugar de darle la espalda y de ignorarlo, le respondió:
—Mi madre no me entiende la afición por la astronomía, es una mujer simple que lo confunde todo. Seguro que le dijo que la semana pasada traté de lanzarme de la azotea del edificio. Qué idea, suicida yo, si solamente estaba observando el cielo. Debieron haberla internado a ella, no a mí.
A partir de ese día y durante los tres años que permaneció internada nunca más se negó a comer ni a bañarse. Se movía entre el dormitorio, el despacho del doctor, la biblioteca, la sala de proyecciones y los jardines. Conversaba con las enfermeras sobre la última película que les había llegado o comentaba la telenovela de las dos de la tarde. Con los demás internos mantenía un trato formal, distante, condescendiente en ocasiones, como queriendo dejar en claro que se encontraban en la orilla opuesta a la que ocupaba ella. Durante las noches, antes de que la enfermera de turno apagara las luces de la sección de internos, leía lo que sacaba de la biblioteca y que se cuidaba muy bien de seleccionar. Adriana, la encargada de la biblioteca y la única interna con la que se relacionaba, le había dicho que el doctor solía preguntar sobre el tema de sus lecturas.
—Revistas, doctor, todas científicas —le respondía Adriana—. Literatura y libros de astronomía, le encanta la astronomía y se sabe de memoria el nombre de un montón de estrellas. Yo la veo muy bien, ¿no cree que podría venir a trabajar conmigo a la biblioteca, doctor, eh?
Nadie podría dimensionar lo que había tenido que resistirse para no pasar las noches enteras observando el cielo. Lo hacía cuando estaba sola, y aun así era peligroso porque nunca sabía cuándo la enfermera de turno iba a espiar por la mirilla de la puerta.
Había mantenido la cordura gracias a las cartas que le escribía Adriana y que le pasaba escondidas en el interior de un ejemplar de Astronomy Now. Las cartas se referían a la Gran Estrella, luminosa y plateada, la misma estrella que la había venido a buscar la noche en que la madre se interpuso.
—Si no hubiera sido porque la vieja me agarró del camisón —dijo mientras dirigía una mirada furiosa hacia la cocina—. Pero no se saldrá con la suya porque la Gran Estrella visita la Tierra cada cierto tiempo. Debo permanecer alerta y cuando vuelva, sí que me llevará y no habrá nadie en el mundo que logre impedirlo.
Con otro salto se puso de pie y se acercó a la cocina para cerciorarse de que la madre no escuchaba. Regresó a mi lado y se me acercó más.
—Por las cartas de Adriana supe que la Gran Estrella busca a sus partículas desparramadas por el universo y que yo soy una de esas partículas, que Adriana es otra partícula y que no estamos solas porque hay muchas más. La Gran Estrella —suspiró—, no podrías imaginar cómo brilla.
Al llegar a este punto bajó más la voz.
—La vieja que está en la cocina lo sabe y se ha estado haciendo la tonta todo el tiempo.

Si se lo hubiera contado a la madre a La que busca estrellas la habrían vuelto a internar al día siguiente y estaría ahora trabajando en la biblioteca del sanatorio, escribiendo cartas sobre estrellas fugaces. Quizás. Después de lo que me dijo, era de suponer que intentaría lanzarse de la azotea otra vez. Y fue anoche cuando me despertó el grito de la madre.
Como vivo en el primer piso fui el segundo en llegar. A pesar de la altura de la que cayó el estropicio fue leve, no había cabeza reventada ni sesos desparramados. Yacía boca arriba sobre un charco de sangre, con los brazos a los costados del cuerpo, las piernas extendidas y los ojos muy abiertos. La madre, arrodillada a su lado, se mecía y se tapaba la cara con las manos.
—Me quedé dormida, diez minutos me quedé dormida —repetía con voz llorosa. Me acuclillé frente a ella. Algo en los ojos de La que busca estrellas me llamó la atención. Hasta ese momento había creído que los de los muertos eran ojos opacos, pero a ella las pupilas le brillaban con una intensidad plateada y fría que se me metió por el cuerpo, lo recorrió primero y se me instaló en el pecho después. Sólo pude apartar la vista de esos ojos cuando la madre, que no parecía haberse dado cuento de su brillo anormal, le cerró los párpados.
La calle se había llenado de tantos curiosos que el vigilante de la ronda nocturna tuvo que abrirse paso a empujones para llegar al cuerpo, cuando lo logró me puse de pie y le cedí el sitio. Me fijé en las personas que estaban más próximas. Quería descubrir en ellas algún indicio de haber notado lo mismo que noté yo, pero sólo había expresiones de lástima y de estupefacción por el suicidio de la loquita, como escuché que comentaban algunas. Volví a la cama después de que la ambulancia se la llevó.
Amaneció hace rato y continúo despierto. No podrías imaginar cómo brilla, había dicho, pero a mí no se me va del pecho el brillo frío, plateado de sus ojos, más insondable y profundo que el cielo nocturno de verano.



Con el el título de La Estrella, este cuento resultó finalista del "Premio La Monstrua 2007" de Limbo Editorial, en Guadalajara, México.


© Carolina Meneses Columbié