viernes, 6 de noviembre de 2009

Cuento: La babosa






En el tiempo en que los turistas visitaban el pueblo, la neblina caía sobre la playa de manera casi imperceptible alrededor de las seis de la tarde y se iba con las primeras luces del día. Esa neblina fresca que limpiaba el aire y que según los lugareños mejoraba las enfermedades respiratorias y las afecciones de la piel, era lo que atraía a una buena parte de los turistas que llegaban durante todo el año, gente de edades diversas con algún achaque pulmonar o cutáneo, grupos de viejos retirados en giras de esparcimiento, algunas familias con niños pequeños, una que otra pareja en las que saltaba a la vista la intención de pasar inadvertidas.

Desde que lo descubrí hace cuatro días me siento al lado de la ventana y lo miro a través de los neblinosos y fríos atardeceres de la playa. Hacía años que no venían turistas, ni uno solo, hasta que el hombre apareció. Veo su figura alta caminar cerca de la orilla en dirección a la caleta, sin apuro. Viste impermeable amarillo, de esos que usan los pescadores de la zona, y sobre la cabeza lleva un sombrero de alas anchas del mismo color del impermeable.
Todas las tardes hace lo mismo, se detiene en la caleta, de cara al mar, con los pies metidos en el agua de la orilla, y allí se queda hasta que se hace de noche y lo pierdo de vista en la oscuridad neblinosa.

Durante la semana me lo había cruzado varias veces en la caleta, siempre andaba solo y no parecía prestar atención especial a nada ni a nadie. Era raro ver en el pueblo a tipos lindos como ése, en quienes el vigor saltaba a la vista en cada gesto, por muy breve que éste fuera, y cuando se daba el caso nunca andaban solos, siempre llegaban acompañados de alguna chica tan estupenda y saludable como ellos.
No esperaba encontrármelo también en el muelle viejo, la parte más solitaria y pedregosa de la playa. Esa tarde yo estaba tendida sobre el muelle tomando el sol de las cuatro cuando él apareció en traje de baño y la toalla al hombro.


Desde que lo descubrí paso casi todo el tiempo vigilando por la ventana, sentada en esta silla, atenta a los sonidos sospechosos de la noche: los guijarros del patio al ser pisados por alguien de caminar lento, el inconfundible crujir de las botas de goma al rozarse entre ellas, la respiración ronca y entrecortada de un hombre, un toque apenas imperceptible en el cristal.
Por eso sé que merodea oculto en la neblina espesa.

No me saludó, a pesar de que no había nadie más sobre el muelle ni por los alrededores, pasó por el lado rozando mi toalla con el pie izquierdo e ignorándome por completo; nada, ni un solo gesto, ni una mirada. Siguió hasta el borde del muelle donde se detuvo, soltó la toalla y se lanzó al agua con un clavado perfecto.
Nadaba con movimientos sincronizados de brazos y de piernas que desordenaban apenas el agua, como sólo le había visto hacerlo a los deportistas que salían en televisión. Mientras lo observaba se me ocurrió que podría ser uno de ellos, tal vez alguno con cierta fama y de ahí la razón de esa actitud tan arrogante. Habría, pues, que dejarle claro que no era necesario ser un deportista famoso para lucirse en el agua, que bastaba con haber nacido y crecido en un pueblo costero: me puse de pie, fui hasta el borde del muelle y traté de conseguir un clavado tan perfecto como el suyo. Supe que lo había logrado por la manera limpia con la que me sumergí, avancé con lentitud y sin disimulos directamente hacia él; lo alcancé, sonrió y se puso a nadar a mi alrededor.
Al sumergirse, por mucho que yo tratara de distinguir su silueta, aparecía siempre por algún punto inesperado: a mis espaldas, por el frente, por los flancos o incluso a varios metros de distancia. De repente se detuvo y me hizo una inesperada señal con la cabeza para que lo siguiera. Nadamos por debajo del muelle hasta la orilla y allí nos quedamos el resto de la tarde a cubierto de miradas indiscretas. La neblina, que ya había caído sobre la playa, nos sirvió de manto protector.
Nos volvimos a encontrar la tarde siguiente y varias tardes más, siempre en el muelle viejo.


Sé que camina alrededor de la casa y que se detiene frente a la ventana, que se queda allí toda la noche, de pie, como lo hace por las tardes en la orilla de la playa. El sueño me vence cuando está amaneciendo y aunque lucho por mantenerme alerta, no lo consigo. Despierto un par de horas más tarde y cuando lo busco con la mirada no lo encuentro, no lo veo por la caleta ni por los alrededores.

Nunca dijo ni una palabra y cuando yo también dejé de hablar, nuestra comunicación se limitó a los juegos físicos bajo el muelle. Todo tipo de juegos, menos el de los besos, nunca un beso, sólo contactos leves, casi accidentales de los labios. Y podía entender que no hablara, para justificarlo imaginaba una serie de motivos, algunos bastante probables y otros francamente absurdos. Ya había descartado la idea de que fuera un deportista famoso, pero tal vez se trataba de un extranjero que ignoraba el idioma. O de un mudo. O de alguien que estuviese pagando un voto de silencio o que, simplemente, no tuviera ganas de articular palabra. Quién sabe, alguna razón tendría para un silencio tan tenaz. Pero a lo que yo no estaba acostumbrada ni quería justificar, era al amor sin besos.

Por breves segundos me parece ver en la neblina un movimiento ondulante, pero yo la conozco mejor que nadie y sé que a estas horas de la noche ella no se mueve. Sé que ella se transforma del suave tul blanco al que se parece durante el día, a la masa pesada, viscosa y compacta cuando oscurece, por la que pareciera imposible cualquier tipo de desplazamiento.

La primera vez que traté de besarlo apartó la cara con rapidez y me la hundió en el cuello. La tarde siguiente lo volví a intentar, aproveché el momento que siguió a su orgasmo. Él había quedado boca arriba sobre la arena mojada, con los brazos abiertos y los ojos cerrados parecía dormir. Fue cuando lo monté y me le abalancé a la boca. Al sentir el contacto endureció los labios, me tomó los hombros y trató de apartarme hasta que repentinamente dejó de empujar y se relajó. Le busqué la lengua con la mía y me extrañó no encontrarla al primer intento, pero al segundo intento di con un muñoncito baboso y frío que aleteaba de un extremo al otro del interior de su boca.
El descubrimiento me provocó un temblor de asco por todo el cuerpo que él tuvo que haber notado, tal vez por eso me sujetó la cabeza con las manos y mantuvo los labios pegados a los míos.
Me costaba respirar, mientras más forcejeaba yo por liberarme, más me presionaba él con sus manos y, lo que era peor, más rápido se movía el muñón que sentía crecer dentro de la boca e invadirla por completo. Si no hacía algo, el muñón, esa babosa repugnante, seguiría creciendo hasta ocupar mi garganta y asfixiarme.
Extendí los brazos y busqué en la arena, tomé una gran concha filosa, se la hundí en la frente y le rasgué la piel hasta la quijada.
Cuando él se llevó las manos a la cara que se iba cubriendo de sangre, me levanté a toda prisa y corrí sin detenerme. Llegué junto a mi ventana y me puse a vigilar.
Vigilé muchos días, vigilé por el resto del año. Nunca más lo vi.
Desde ese día la neblina, que solía caer a partir de las seis de la tarde, se quedó a tiempo completo. Una tarde se extendió por todo el pueblo y siguió hacia los alrededores. La temperatura descendió y los termómetros no volvieron a marcar más de doce grados centígrados. Fenómeno climatológico provocado por varias irregularidades ambientales, dijeron los expertos; mal de ojo, fue la sentencia irrevocable de las esposas de los pescadores de la zona.
Cuando desaparecieron los últimos turistas, una pareja que no llegó a completar la semana, yo dejé de vigilar, aunque las pesadillas no desaparecieron con los turistas.


Sale de la neblina como si ella lo estuviera vomitando. Ya no viste traje de baño ni trae la toalla al hombro, lleva impermeable, sombrero amarillos y botas negras de goma. Está a centímetros escasos de mi ventana. Yo trato de alejarme de ella pero tengo el cuerpo inmovilizado, como si cada músculo, cada articulación, cada segmento de piel estuvieran adheridos a la silla. No quiero mirarlo, trato de cerrar los ojos y tampoco lo consigo. Su rostro se perfila y parece fusionarse con la ventana. Levanta el puño y rompe el cristal, introduce la cabeza por la rotura y pega a la mía su boca abierta, sangrante, donde segundos antes he visto a la babosa agitarse sin pausa y encogerse sobre sí misma, como para tomar impulso y saltar.






© Carolina Meneses Columbié


Imagen: C. Monet. "Impresión atardecer".

Cuento: Acuerdo tácito



Del libro FICCIONES IRRELEVANTES I

Las noches de los martes y de los jueves, para regresar a casa desde la facultad, tomo la línea 124 del tren urbano. Cuando lo abordo ya viene lleno y tengo que abrirme paso entre la gente hasta dar con el primer espacio libre donde poder situarme. Ese martes y por puro azar me detuve al lado de su asiento, uno de los que daba al pasillo. Él estaba reclinado sobre el respaldo y parecía dormir tan profundamente que no reaccionó ni cuando en uno de los estremecimientos del vagón, la cabeza le vino a caer sobre el costado derecho de mi cadera.
Lo correcto hubiera sido moverme un poquito hacia la izquierda, como vi hacer tantas veces a otras mujeres en situaciones similares. No se puede saber qué tan dormido va un hombre si el tren está lleno y le toca una muchacha al lado. El mes pasado vi a uno que se durmió de pie sobre la espalda de la chica que tenía delante y ella, que resultó ser de las bravas, dio media vuelta y con la agilidad de una judoka, le propinó un rodillazo certero entre las piernas. El escándalo se desató en el vagón: algunos tomaron partido por el agredido, otros por la agresora, los menos observábamos y los más cercanos los sujetaban para evitar que se fueran a las manos mientras las palabrotas iban del uno al otro. No supe en qué terminó la bronca, el guardia de a bordo intervino cuando llegábamos a la estación donde tenía que bajarme.
Pero a mí en cambio me había gustado recibir el peso del hombre. Nunca antes había recibido el peso de un hombre en el cuerpo y como se sentía reconfortante no sólo me quedé allí mismo sino que, con un giro suave de las caderas, logré acomodarle la cabeza en el centro de mi vientre, donde permaneció a pesar de las sacudidas posteriores.
Con cada traqueteo su pelo entrecano, abundante y ondeado, se agitaba con la suavidad con que llega la ola de la tarde, convertida en espuma, hasta la orilla de la playa, y yo era la arena de la orilla recibiendo una y otra vez la caricia espumante.
De a poco, la grata sensación se convirtió en el deseo irreprimible de que la cabeza se moviera más rápido que el ritmo que le imponía el tren. Era cuestión de esperar, sabía que estábamos por llegar al tramo de la vía con problemas por el que la Empresa Estatal de Ferrocarriles Urbanos recibe tantas quejas diarias, y que las sacudidas serían bruscas. No me explico cómo es posible que el tren no se descarrile de una vez por todas al pasar por allí, se zarandea tanto de un lado para el otro que a uno le da la sensación de que se va a volcar.
Me sujeté de las agarraderas que cuelgan del techo y separé un tanto las piernas para no trastabillar. Con las primeras y violentas sacudidas del vagón, la cabeza rebotó varias veces contra mi pelvis al tiempo que los vaivenes de las personas que tenía atrás me empujaban hacia ella. Y su pelo dejó de ser la ola de la tarde y se convirtió en la de tormenta. Sentí nacer la palpitación en el bajo vientre. Apreté las agarraderas con las manos y tensé las piernas cuando la palpitación subió hasta el ombligo, allí estalló como la ola cuando rompe contra el acantilado, se disparó en chorros fríos a todo mi cuerpo y me hizo estremecer entera para luego arrastrarme con ella en su repliegue hacia alta mar.
Podría afirmar que perdí la conciencia por varios segundos pues en el momento en que recuperé la noción de lo embarazoso e inusual del hecho, la gente ya no se quejaba, como siempre hace en el tramo averiado, y el caserío que indica el fin de la falla ya había aparecido por las ventanillas. Me separé rápido del hombre, logré llegar a empujones a una de las puertas y esperé quieta a que el tren se detuviera mientras sentía extinguirse la palpitación en el lugar de donde había partido.
Las puertas se abrieron, descendí y caminé aprisa hacia la salida de la estación.
He seguido encontrándome con el hombre. Duerme, o parece dormir, en el mismo asiento del mismo vagón. Yo voy sin titubeos a situarme a su lado. Si alguien está ocupando mi lugar, me las ingenio de una u otra manera para sacarlo, aunque la mayoría de las veces no tengo que hacer nada. Basta que él cabecee para que el inoportuno se vaya y me deje el sitio libre.
Él parece no darse cuenta de nada, estoy segura de que podría jugar a enredarle mis dedos en el pelo y a trazarle caminitos a través o a hacerle rizos en cada mecha: no creo que duerma de verdad, no señor. Lo percibo cuando se me arrellana sobre el vientre aunque simule gestos involuntarios. Es imposible que no se dé cuenta de lo que ocurre cuando pasamos por esos metros de vía. Pero a estas alturas ya no me importa, y es evidente que a él tampoco.

2007

Imagen: Archivo personal.

© Carolina Meneses Columbié

jueves, 5 de noviembre de 2009

La autopublicación y el escritor desvinculado


Aclaremos primero el concepto. Escritor desvinculado es el que no tiene el tiempo ni la paciencia ni las ganas ni el temple de ir de una editorial a otra a mostrar su obra y a convencer al que tenga la amabilidad de recibirlo, si es que lo recibe, de las razones por la que merece ser publicado. No posee relaciones en el mundo de las letras ya que tampoco cuenta con el tiempo, la paciencia ni las ganas de estrechar relaciones de interés. En otras palabras, es un completo desastre para las relaciones públicas. Ante semejantes características es muy poco probable que algún día lo publique una editorial tradicional, a menos que lo descubra por obra y arte de las casualidades de la vida, algún editor o agente literario, lo que es aún menos probable. Entonces, ¿qué opción le queda al escritor desvinculado para ver su obra publicada en fuentes que no sean los sitios web o los blogs? La palabra clave es la AUTOPUBLICACIÓN. Existe cierto prejuicio con respecto a la autopublicación. "Claro, escribe tan mal que no le quedó otro recurso", se escucha por ahí. Pero si el escritor desvinculado se conoce algo y está consciente de lo bien que escribe, este prejuicio no le debiera alterar en lo más mínimo. El problema es el de contar o no contar con el capital para cubrir los costos que implica el proceso de autopublicación, desde la etapa inicial, que es el momento en que se firma el contrato, hasta la difusión del producto final, que puede ser el libro impreso o el libro electrónico. En el caso del libro impreso el escritor desvinculado tendría que estar preparado para no caer en una depresión profunda ante la eventualidad de quedarse con dos o más cajas llenas de ejemplares, que terminarán en la bodega de su casa o en la tina del baño de visitas porque no le alcanzó el capital para la difusión y, por lo tanto, casi nadie se enteró de la existencia de su obra en el mundo. Al menos tendrá a mano un regalo especial que darle a los amigos en el día del cumpleaños y a la familia en Navidad. Y la familia estará dispuesta a repetirse el regalito varias navidades seguidas porque por algo dicen que el amor de la familia es a toda prueba. Afortunadamente existen editoriales online muy serias que garantizan la venta del libro gracias a la calidad de sus contactos y al monto de sus ganancias. Y lo mejor de todo es que si logra una buena venta, el escritor desvinculado recibirá un porcentaje mucho mayor que el que recibiría con las editoriales tradicionales. Ahora bien, ¿qué pasa con el escritor desvinculado que además de desvinculado no tiene el capital necesario para la autopublicación? Para él algunas opciones podrían ser postular a proyectos serios que realmente se fijen en la calidad de la obra. O buscar un mecenas a como dé lugar, aunque ya no queden muchos el factor suerte juega un papel importantísimo en todo orden de cosas. Tiene que procurar, sí, que lo que el mecenas admire sea su obra y no otros atributos de carácter no literario. También se recomiendo separar, el dia de pago, dos billetitos de un monto ni tan grande ni tan chico y guardarlos en un lugar de difícil acceso, como el fondo de la parte superior del clóset debajo de la ropa de estación, cosa que si la necesidad apremia, se le quiten las ganas de echarles mano de sólo pensar en el esfuerzo que tiene que desplegar para alcanzarlos. Con constancia, un alto umbral de tolerancia a la frustración y una gran capacidad para soportar las privaciones, podrá autopublicarse al cabo de uno o dos lustros, con suerte menos. Participar en todos los concursos literarios que pueda, mientras más mejor por aquello de la Ley de las Probabilidades. Si participa en muchos y por mucho tiempo, tarde o temprano obtendrá el primer premio, el segundo, el tercero o algún lugarcito entre los finalistas. Y si así sucede es altamente probable que le publiquen el trabajo premiado. Tener la obra revisada, corregida, meditada y lista para el horno. Nunca se sabe cuándo va a saltar la liebre. Como último recurso debiera renunciar a la cómoda pero desventajosa calidad de escritor desvinculado y lanzarse a la difícil aunque no imposible misión de lograr que alguna editorial de las típicas le publique.
En todo caso la autopublicación de libros digitales y en formato de papel bajo demanda, o publicación a pedido, viene tomando fuerza desde hace rato y se plantea como todo un desafío para las editoriales de siempre.


© Carolina Meneses Columbié

El indeciso


Cuando ingresa a la librería recorre con la mirada las distintas secciones, rápido, como tratando de chequear el espacio de una sola vez porque es tan escaso el tiempo y son tantos los libros. Si quiere que su misión sea efectiva debe calmarse primero y elaborar a continuación un plan de búsqueda inteligente. Comenzará por la sección de Novedades que, lo sabe bien, está en el lugar más estratégico: al centro, en un mostrador cerca de la entrada. Tan cerca de la entrada y tan al centro que con la agitación que lleva tropieza con el mostrador y bota un par de libros al suelo. Como es un lector culto trata de no mirar los Best Seller, pero mientras enfoca la cara hacia las obras selectas, esas bien sesudas, con el rabillo del ojo les echa un vistazo a todos los Best Seller que, en tales condiciones, pueda abarcar. Entonces cede y como quien no quiere la cosa agarra el último éxito de una de esas escritoras feministas que siguen explotando su fórmula triunfadora. Luego agarra el de otra; y luego el de un triunfador esotérico. Listo, piensa, ya es suficiente. Se guarda uno bajo el brazo con la intención de llevarlo a casa porque de todas maneras hay que relajar la mente. Sigue hacia los Premios Nobel, una sección segura donde puede hacer coincidir con libertad la dirección de la cara con la de la mirada y hojear todos los libros que quiera, siempre con el Best Seller bien agarrado bajo el brazo. Pero casualmente los de la librería, con mucha inteligencia, trasladaron la sección de Autoayuda y la pusieron justo al lado de la de Premios Nobel, tan juntas que casi-casi se entrelazan. Nuestro amigo no tiene la culpa, él trató de hacer su mayor esfuerzo; revisará rapidito algunos manuales. Últimamente no le han ido bien las cosas, así que agarra el manual que explica cómo hacerse rico en menos de un año y se lo guarda bajo el otro brazo. Total, si lo que dice el manual le resulta, podrá comprar todos los buenos libros que le dé la gana. Ahora ya puede revisar la sección de Premios Nobel y la de Literatura Experimental, y quién sabe, tal vez le alcance el tiempo para llegar a la de Filosofía y hasta a la de Estudios Políticos. Después de mucho hojear se decide por un título de Premios Nobel y por otro de Estudios Políticos. Se dirige a la caja con, ¿cuántos llevábamos?
Un Best Seller bajo el brazo derecho. Un manual de autoayuda bajo el izquierdo. En una mano el de Premios Nobel. En la otra, el de Estudios Políticos.
Llega a la caja y deposita su carga sobre el mostrador. El vendedor dispara la pistola a los códigos de barra y al final le comunica el precio. Nuestro amigo levanta las cejas y exclama ¡uf, vamos a ver! Revisa la billetera y descubre que tiene que optar. Recorre con la mirada los libros seleccionados y de ahí, nuevamente, el interior de la billetera, a ver si todavía está en el pliegue oculto el billete que guardó la semana pasada. Pero no, ya no está. Ante tan difícil disyuntiva no le queda más que escuchar a la voz interior que le está recordando su necesidad perentoria. Entonces dice bajito para que sólo escuche el de la caja:
-Me llevo el Best Seller y el manual de autoayuda.


© Carolina Meneses Columbié

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cuento: Tortuga y Gata


Tortuga descansa sobre la plataforma del estanque de vidrio.
Gata avanza, la vista fija y el vientre a ras del suelo. Estira la pata y empuja a Tortuga al agua. Gata corre, trepa al sillón de la ventana y se acurruca muy quieta. Tortuga se sumerge, nada hasta una de las esquinas del estanque y allí se queda un par de horas. De vez en cuando mira hacia la plataforma, intenta mover las patas, pero se arrepiente y se queda donde está.
Cuando Gata no existía Tortuga era la única mascota de la casa. Mamá Humana la sacaba del estanque y juntas nadaban en la piscina grande. Tortuga solía recorrer el patio o se quedaba la tarde entera en el rincón que más le gustaba por fresco y sombreado: detrás del librero. Nada ni nadie perturbaban su paz. Hasta que Gata apareció.
Día tras día Gata espera en el brazo del sofá a que pase Tortuga. Cuando está justo bajo sus patas salta sobre el caparazón, ruedan por el piso y quedan frente a frente. Una encoge el cuello y se paraliza. La otra pega el cuerpo al piso y mueve la cola en rápido vaivén. A veces llega Mamá Humana justo a tiempo para regañar a Gata. Pero cuando Mamá Humana no llega, Tortuga tiene que soportar que Gata la arrastre por toda la casa.
Día tras día Gata acecha el momento en que a Tortuga le sirven los camarones y en cuanto Mamá Humana da media vuelta, mete el hocico en el estanque y los devora todos.
Tortuga no lo soporta más. Una mañana cuando Mamá Humana la saca a tomar sol, se entierra en el lugar donde crece la hiedra.
Gata despierta al caer la tarde y lo primero que hace, luego de estirar el cuerpo, es correr al estanque. Pero Tortuga no está allí. Sigue hasta el patio, busca por los rosales, por los arbustos, busca por todos lados. Mueve la nariz para olfatearla. La brisa no le trae el olor de Tortuga. Con la cabeza gacha y paso lento Gata se dirige al estanque vacío. Se tiende al lado y apoya la cabeza sobre las patas. Una mosca vuela cerca de su oreja. Trata de cazarla. La mosca, más rápida, escapa hacia la casa de al lado.
Las semanas pasan y Tortuga no aparece. Gata no quiere comer. Gata no quiere jugar. Al caer la tarde se sienta en mitad del patio, mira hacia el cielo, mira hacia la derecha y hacia la izquierda. Un día mira hacia la tierra donde crece la hiedra. Nota una hilera de hormigas que se pierde entre las hojas. Corre hasta allí. Con las garras comienza a retirar las ramas.
Ve que las hormigas se meten por los agujeritos de un montículo de tierra removida. Las patas de Gata son ágiles y cavan con rapidez, el instinto le dice que debe apurarse. Choca con algo duro: el caparazón de Tortuga, del que asoman apenas las uñas por entre el incesante ir y venir de hormigas.
Gata olfatea, Tortuga se muere. Con un esfuerzo desesperado de patas y hocico Gata logra sacarla y corre a buscar a Mamá Humana, que está mirando tele.
Maúlla y maúlla Gata.
¡Silencio! Pide Mamá Humana. Gata sube hasta sus rodillas y por fin logra llamar su atención. Mamá Humana la sigue hasta el patio y encuentra a Tortuga moribunda. Pobre Tortuga, dice. La recoge, la lava y la deposita en el estanque.
Gata está inquieta, mira a través del vidrio, espera.
Mamá Humana lanza los camarones al estanque y Tortuga, de a poquito, asoma la cabeza. Está cansada pero hambrienta y Gata la deja comer.
Desde aquel día Gata y Tortuga viven en paz. Por la mañana salen juntas a tomar el sol. Tortuga estira el cuello hacia el cielo y Gata duerme al lado, con una de las patas delanteras sobre el oscuro caparazón.




(2005)

© Carolina Meneses Columbié

Imágenes:
La imagen de la tortuga pertenece al artista Johan Potma.
"Cat and bird", de Paul Klee.

martes, 3 de noviembre de 2009

Pasos




Me sirvo vino tinto en la copa que robé. Prendo incienso suave. Abro el Word y bebo un sorbo de vino. La pantalla pálida del Word se impone. Bebo otro sorbo de vino.  Y otro más.
Me pongo de pie. Tomo  asiento. Aparece la gata, que sube a mi regazo, se acurruca, la acaricio.
Acerco los dedos al teclado, lo palpo con las yemas mientras miro el cielo raso y me pregunto qué voy a escribir. Aparto los dedos del teclado y agarro a la gata. La lanzo al piso, maúlla y se va.
Bebo otro sorbo de vino.
La gata regresa y trepa al escritorio. Se acurruca sobre el diccionario de la RAE, ronronea.
Me pongo a escribir. El primer párrafo cuesta. Lo borro e insisto.
El personaje principal se perfila, poco a poco se fortalece: me toma de la mano y me la aprieta. Vértigo cuando me lleva con ímpetu. Ahora soy la espectadora que toma nota apurando los dedos.
¿Qué historia es ésta? No soy yo la que maneja los hilos así que no debo intervenir. Los personajes que se mueven a mi alrededor me ignoran.
Es hora de salir de este tren. ¡Alto, que aquí  me bajo!
Pero como no se detiene, me lanzo.  Me palpo, parece que estoy entera.
Tomo otro sorbo de vino. Agarro a la gata y la acaricio.

2007

© Carolina Meneses Columbié

Imagen: "Retrato del doctor Gachet", de Vincent Van Gogh

No puedo escribir











No puedo escribir.
Porque la silla es baja.
Porque es muy tarde.
Porque la luz es blanca.
Porque los hijos.
No puedo escribir.
Porque la mesa es alta.
Porque es muy temprano.
Porque está oscuro.
Porque la casa.
No puedo escribir.
Porque las teclas saltan.
Porque hay mucho ruido.
Porque el dolor de espalda.
Porque el trabajo.
No puedo escribir.
Porque los lentes viejos.
Porque el silencio.
Porque los amigos.
Porque mañana.

2007
© Carolina Meneses Columbié

Nada raro, no



No nos vemos ya
y todavía huelo su olor.
No creo, no, que lo tenga en el cuerpo
a menos que se me haya impregnado
lo que no sería nada raro
llevándolo como lo llevo
tan adentro de la piel.
Será que huelo su olor
porque lo llevo en la psiquis.
Tampoco sería raro, no.
Concluyamos que huelo su olor
porque lo llevo en la psiquis
y también porque lo llevo en la piel
desde la punta de la cabeza
hasta el dedo más largo del pie derecho
que es más largo que el izquierdo.
Nada raro, no,
que se me haya colado su olor.

2006


© Carolina Meneses Columbié







Imagen de Vincent Van Gogh

Manías






Tengo la peligrosa manía
de oler libros.
Y la no menos peligrosa manía
de golpearme el hombro izquierdo
si me golpeo primero el hombro derecho.
Pero hay manías que más que manías
son innatos resguardos emocionales.
No reincidir en relaciones estériles, por ejemplo.
Lo que me lleva a una cuarta manía,
la de colgar ajo en las entradas
para impedirles el retorno.
Tal vez por esa razón
me encuentre sumida en
nuevas, absorbentes manías:
la de escribirle poemas,
la de memorizar rancheras.

2006




© Carolina Meneses Columbié


Imagen de Paul Gauguin.

¿Te has dado cuenta?

¿Te has dado cuenta de que el miedo tiene sabor?
Es un sabor persistente,
por más que te laves la boca no se te va.
Es un sabor entre amargo y ácido
con un toque al del metal.
¿Le has pasado la lengua a un cuchillo?
Te lo pregunto para que te hagas una idea.
¿Te has dado cuenta de que el miedo tiene olor?
Es un olor sutil que te produce taquicardia,
que te vuelve insomne.
No logras identificar de dónde viene
hasta que descubres
que no se quita con duchas de agua caliente
porque viene de adentro de ti.
¿Te has dado cuenta de que el miedo es frío?
Cuando despiertas por la mañana es un frío ligero
que sobrellevas con el café que tomas al levantarte.
Va aumentando con el día y lo peor viene con la noche.
El frío te paraliza.
Quieres mover los brazos y no puedes,
quieres caminar y no puedes,
quieres hablar y no puedes.
¿Te has dado cuenta de que el miedo es serio?
¿Y de que su seriedad es contagiosa?
El miedo no se ríe ni cuenta chistes.
No baila. No canta.
Ni se reúne con amigos.
¿Te has dado cuenta de que el miedo tiene forma?
Te recuerda a la de un animal de presa.
A un felino que te acecha.
Tienes que andar con cuidado sin bajar la guardia.
Cuando piensas que se ha ido
salta desde cualquier esquina y te cierra el paso.
Mide. Olfatea. Te rodea. Ataca.
Pero te deja vivo, debilitarte es el propósito.
Si te mata, se le termina el juego.
¿Te has dado cuenta de que así es el miedo?

2006
© Carolina Meneses Columbié