miércoles, 30 de diciembre de 2009

Cuento: * El negro del bongó

* Mención en el Concurso Interamericano de Cuentos 2006 de Fundación Avon


Del libro CARIBE

“Pero mi repique bronco,
pero mi profunda voz,
convoca al negro y al blanco,
que bailan el mismo son,
cueripardos o almiprietos
más de sangre que de sol,
pues quien por fuera no es noche,
por dentro ya oscureció.”
Nicolás Guillén

El negro está sentado en un taburete en el centro de la pista de baile con el gentío alrededor y el bongó entre las piernas. Tamborilea un toque breve. Deja las manos quietas sobre el instrumento y levanta la cabeza con los ojos cerrados. Aspira profundo. Sin abrir los ojos ni bajar la cabeza inicia un repique lento. Los cuerpos siguen el ritmo que se acelera hasta que el toque se interrumpe con un golpe de palmas contra tambores. El gentío aplaude. El negro tiene la espalda erguida, el cuello recto, la mirada fija, las manos en las caderas. Se pone de pie, entrega el bongó a un empleado del club y se va con la negra grande que lo viene acompañando las tres últimas semanas. La blanca sale del rincón en penumbra desde donde suele observarlo sin ser vista y vuelve al trabajo. Ya no se concentra. A una mesa lleva el pedido de la otra. Un cliente se queja.
—Oye, chica —le dice el jefe que la ha seguido hasta la cocina—, o te pones pa´ la cosa o te vas. Siempre la misma jodienda contigo, carajo.
Cuando la blanca termina el turno, el novio la espera en la calle.
Caminan tomados de la mano. Él le cuenta lo que hizo en el día. Ella no lo escucha. Él trata de besarla. Ella le aparta la cara y lo mira de arriba abajo.
—Vete —le dice—, quiero estar sola.
—¿Qué?
—Que quiero estar sola —repite y se mira las uñas de la mano derecha.
El novio da media vuelta, da algunos pasos, regresa para enfrentarla.
—No se te ocurra llamarme más.
La blanca lo ignora y sigue el camino. En una semana termina la vigencia de la autorización de trabajo y se pregunta cuándo y dónde volverá a ver al negro, ¿y si él no apareciera por el club el próximo sábado?
—Mal ambiente —dijo el padre que miraba el noticiero—, mala calaña, cafiches, putas. No es lugar para una escolar. ¿Por qué tiene que ser ahí?
Maldito sea su padre, viejo anacrónico, que no entiende nada de nada.
—Ay papá, en una sola noche sirviendo mesas en el club se gana lo de una semana empaquetando mercadería en el supermercado.
—No me gusta. Te prefiero empaquetando en el supermercado o limpiando autos en el estacionamiento. Al menos en los supermercados hay gente decente, y la que no lo es lo disimula.
—No exageres. La chica dejará el uniforme este año, ya sabe cuidarse —dijo la madre y firmó la autorización de trabajo que le había llevado la hija, se la devolvió y siguió planchando la ropa mientras miraba de reojo las noticias de la tele.
— Un mes, nada más —concluyó el padre.

La blanca no deja de vigilar la puerta y el jefe no deja de vigilarla a ella. Cuando las miradas de ambos se cruzan, él la apunta con el índice.
—Estúpido —murmura ella.
El negro llega y el gentío lo recibe con aplausos. La blanca va al rincón y desde allí nota que esta vez no viene acompañado. Saca medio cuerpo de la penumbra, recorre con la vista el salón y la detiene un momento en la puerta por si la negra se quedó rezagada.
El negro bebe a sorbos pausados una medida de ron y le escucha decir al barman algo que lo hace reír. Cuando termina el trago se seca la boca con el dorso de la mano, toma el bongó que le había dejado sobre la barra uno de los empleados y camina hacia el gentío que lo espera.
La blanca sale del rincón y se le va acercando con pasitos lentos. La negra sigue sin aparecer.
—Oye, chica —dice el jefe que la agarra por un brazo— ¿Adónde vas?
La blanca se le sacude.
—¡Ey, ey! —protesta el jefe.
Ella apura el paso. Se detiene frente al negro que ya está tocando, con los ojos cerrados como siempre. Le mira las manos grandes que golpean el instrumento y por entre la camisa abierta, la piel lampiña y mojada del pecho. Le mira las fosas nasales dilatadas, los labios tensos, los muslos largos que afirman los bongós.
El negro levanta las manos, las sostiene un instante, las deja caer. El toque cesa. En ese mismo momento la blanca siente en el hombro el peso de otra mano. El jefe le grita:
—¡Ea! Lárgate de aquí.
Ella trata de zafarse, pero la mano aprieta y la arrastra hacia la salida. Tropieza con los pies de alguien y cae de rodillas. La mano le agarra el brazo y de un tirón la pone en pie. La blanca, que no aparta la vista del piso, escucha carcajadas e imagina que el negro también se divierte con la escena.
El jefe se detiene frente a la puerta y la abre. La blanca recibe en la cara el golpe de brisa nocturna y en los ojos que todavía no levanta, la visión de unas piernas gruesas que terminan en un par de sandalias rojas de taco aguja. La negra entra agitada. Para dejarle el paso libre el jefe se hace a un lado arrastrando a la blanca con él. Luego se apoya en el marco de la puerta, toma aire y la arroja a la calle.
Mientras trastabilla para no caer retumba el portazo a sus espaldas.
Llora en silencio junto a la puerta y espera. Calcula que la pareja no tardará en salir. Aprieta los puños. Tiembla.
La puerta se abre y aparece en el umbral el negro con la negra a sus espaldas. La blanca no se quita y el negro le pregunta:
—¿Qué pasa, blanquita?
La negra se adelanta y con una mano corre al negro para atrás. La blanca deja de temblar, aprieta más los puños, tensa el cuerpo.
—¡Largo! —le dice la negra con voz ronca.
Es una mujerona de carnes firmes y abundantes. La blanca la observa desde varios centímetros más abajo y escucha la risa burlona del negro.
—He dicho que te largues, blanca sucia.
La blanca entrecierra los ojos y ya no mide la altura de la otra, sólo tiene ante sí a una mujer vieja y usada a la que agarra por el cuello de un salto. Caen al piso, ruedan desde la entrada hasta la vereda y de ahí a la calle, cada una aferrada al pelo de la otra, gruñendo.
—¡Pelea, pelea! —anuncia el negro en tono de fiesta y vuelve a entrar.
Por entre los dedos que le arañan la cara, la blanca ve al gentío que sale del club con el negro a la cabeza.
El gentío aplaude y azuza. Algunas voces que se alzan para repetir apuesten, apuesten son apagadas por un coro que grita pelea en serio, pelea de verdad, pelea en serio, pelea de verdad. Suena el bongó. El negro lo toca al interior del corro.
Plácata-placápata-pla-cá, plácata-placápata-pla-cá.
Aquí la negra monta a la blanca, allá la blanca monta a la negra. Alza una palma el negro, desciende la otra. Arriba la negra, abajo la blanca. Pelea en serio, pelea de verdad. El gentío baila.
Plácata-placápata-pla-cá, plácata-placápata-pla-cá. Caen las palmas.
El gentío quieto contempla embelesado a la blanca que a horcajadas sobre la negra le azota la cabeza contra el pavimento.
Amanece. En la calle no se escucha más que el sonido de los golpes de las manos de la blanca sobre el cuerpo inerte de la negra que aún se movía cuando los que apostaron por la blanca, quién sabe por qué, quizás de puro borrachos, exigieron que los billetes, las prendas de oro y de plata y algunas de vestir, comenzaran a repartirse.
Terminada la repartija el gentío se dispersó. Los perdedores, el negro del bongó entre ellos, protestando y maldiciendo a la negra de mierda.
La blanca detiene los golpes cuando escucha la sirena de la patrulla que se acerca con rapidez. No alcanza a huir y tampoco está en condiciones de hacerlo. Pero está sola. La negra ya no cuenta. Les dirá que la otra, celosa, atacó primero, y le creerán. Basta con mirar el cuerpo tirado en la calle para saber qué clase de basura era.


© Carolina Meneses Columbié

Mujeres que alzan la voz



Mujeres que alzan la voz, libro de Espacio Avon que reúne una variada selección de los mejores cuentos y poemas premiados en los Concursos Interamericanos de cuento y de poesía realizados entre 2005 y 2008.

De Carolina Meneses Columbié fue seleccionado "El negro del bongó". Mención de Cuento 2006.
Comentarios sobre la antología
“A lo largo de los años he podido observar cómo varias de las escritoras premiadas en este concurso (pienso entre otras en Inés Garland, en Paola Kauffman, en Alejandra Lauarencich, en Claudia Piñeiro, en Marina Porcelli, en Angela Pradelli, en Patricia Suárez), casi desconocidas para el público hasta el momento de obtener el premio, han ido consolidando una obra excelente que, más allá del género, les permitió insertarse en el corpus de la literatura argentina. Ese solo hecho bastaría para justificar el Concurso de Espacio Avon y es, a mi juicio, el que le otorga su verdadera razón de existencia: abrir un camino a escritoras talentosas que, como todo creador, hombre o mujer, sólo necesitan un primer estímulo para cumplir con su propuesta, de llegar, con su obra, a los otros”
Liliana Heker
“Mi participación como jurado en el concurso de Espacio Avon fue una auténtica fiesta. Los motivos son dos: en primer lugar, la alegría por la inclusión de la poesía, olvidada en concursos anteriores. Una cultura que desdeña a la poesía es una cultura mutilada; nada puede reemplazar a esa aventura en el corazón del lenguaje, la sangre del idioma. Una aventura de intemperie pero también de humanidad, de origen, de memoria, porque es el lenguaje lo que nos hace humanos. La otra alegría fue descubrir tanto talento, tanta voluntad de belleza en las carpetas enviadas. Celebro esta antología y agradezco infinitamente este “viaje” que Espacio Avon me permitió.”
Paulina Vinderman
“Los concursos de Espacio Avon son una excelente oportunidad para que se conozcan nuevas firmas. Este tipo de certámenes facilitan la carrera de un escritor, le abren puertas y suscitan la curiosidad de los lectores y de los críticos por los autores noveles. Trabajar como jurado del premio fue muy enriquecedor. Me permitió tener una visión muy rica del mundo imaginario, los sentimientos, ambiciones y carencias de la mujer argentina de estos años. Muchos de los textos eran, más allá de su valor literario, herramientas eficaces para comprender los actuales problemas femeninos y de la sociedad nacional, al mismo tiempo que ofrecían un panorama de las propuestas estéticas -desde las más tradicionales hasta las de vanguardia-, que las participantes consideraban válidas: una experiencia utilísima para quienes aman las letras.”
Hugo Beccacece

En el marco de la presentación del libro "Mujeres que alzan la voz" los escritores Cristina Piña, Claudia Piñeiro y Antonio Requeni dialogarán sobre los distintos caminos hacia el éxito literario:
"Medios gráficos y audiovisuales, concursos y congresos.
El escritor y el mundo editorial”

Lunes 14 de diciembre de 2009, 19 hs. Auditorio Malba. Entrada libre y gratuita.
Los ejemplares de la Antología “Mujeres que alzan la voz” estarán disponibles en Tienda MALBA, Av. Figueroa Alcorta 3415, Ciudad de Bs. As.
Fuente: "Mujeres que alzan la voz". El libro de las autoras premiadas.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Cuento: Acuerdo tácito



Del libro FICCIONES IRRELEVANTES I

Las noches de los martes y de los jueves, para regresar a casa desde la facultad, tomo la línea 124 del tren urbano. Cuando lo abordo ya viene lleno y tengo que abrirme paso entre la gente hasta dar con el primer espacio libre donde poder situarme. Ese martes y por puro azar me detuve al lado de su asiento, uno de los que daba al pasillo. Él estaba reclinado sobre el respaldo y parecía dormir tan profundamente que no reaccionó ni cuando en uno de los estremecimientos del vagón, la cabeza le vino a caer sobre el costado derecho de mi cadera.
Lo correcto hubiera sido moverme un poquito hacia la izquierda, como vi hacer tantas veces a otras mujeres en situaciones similares. No se puede saber qué tan dormido va un hombre si el tren está lleno y le toca una muchacha al lado. El mes pasado vi a uno que se durmió de pie sobre la espalda de la chica que tenía delante y ella, que resultó ser de las bravas, dio media vuelta y con la agilidad de una judoka, le propinó un rodillazo certero entre las piernas. El escándalo se desató en el vagón: algunos tomaron partido por el agredido, otros por la agresora, los menos observábamos y los más cercanos los sujetaban para evitar que se fueran a las manos mientras las palabrotas iban del uno al otro. No supe en qué terminó la bronca, el guardia de a bordo intervino cuando llegábamos a la estación donde tenía que bajarme.
Pero a mí en cambio me había gustado recibir el peso del hombre. Nunca antes había recibido el peso de un hombre en el cuerpo y como se sentía reconfortante no sólo me quedé allí mismo sino que, con un giro suave de las caderas, logré acomodarle la cabeza en el centro de mi vientre, donde permaneció a pesar de las sacudidas posteriores.
Con cada traqueteo su pelo entrecano, abundante y ondeado, se agitaba con la suavidad con que llega la ola de la tarde, convertida en espuma, hasta la orilla de la playa, y yo era la arena de la orilla recibiendo una y otra vez la caricia espumante.
De a poco, la grata sensación se convirtió en el deseo irreprimible de que la cabeza se moviera más rápido que el ritmo que le imponía el tren. Era cuestión de esperar, sabía que estábamos por llegar al tramo de la vía con problemas por el que la Empresa Estatal de Ferrocarriles Urbanos recibe tantas quejas diarias, y que las sacudidas serían bruscas. No me explico cómo es posible que el tren no se descarrile de una vez por todas al pasar por allí, se zarandea tanto de un lado para el otro que a uno le da la sensación de que se va a volcar.
Me sujeté de las agarraderas que cuelgan del techo y separé un tanto las piernas para no trastabillar. Con las primeras y violentas sacudidas del vagón, la cabeza rebotó varias veces contra mi pelvis al tiempo que los vaivenes de las personas que tenía atrás me empujaban hacia ella. Y su pelo dejó de ser la ola de la tarde y se convirtió en la de tormenta. Sentí nacer la palpitación en el bajo vientre. Apreté las agarraderas con las manos y tensé las piernas cuando la palpitación subió hasta el ombligo, allí estalló como la ola cuando rompe contra el acantilado, se disparó en chorros fríos a todo mi cuerpo y me hizo estremecer entera para luego arrastrarme con ella en su repliegue hacia alta mar.
Podría afirmar que perdí la conciencia por varios segundos pues en el momento en que recuperé la noción de lo embarazoso e inusual del hecho, la gente ya no se quejaba, como siempre hace en el tramo averiado, y el caserío que indica el fin de la falla ya había aparecido por las ventanillas. Me separé rápido del hombre, logré llegar a empujones a una de las puertas y esperé quieta a que el tren se detuviera mientras sentía extinguirse la palpitación en el lugar de donde había partido.
Las puertas se abrieron, descendí y caminé aprisa hacia la salida de la estación.
He seguido encontrándome con el hombre. Duerme, o parece dormir, en el mismo asiento del mismo vagón. Yo voy sin titubeos a situarme a su lado. Si alguien está ocupando mi lugar, me las ingenio de una u otra manera para sacarlo, aunque la mayoría de las veces no tengo que hacer nada. Basta que él cabecee para que el inoportuno se vaya y me deje el sitio libre.
Él parece no darse cuenta de nada, estoy segura de que podría jugar a enredarle mis dedos en el pelo y a trazarle caminitos a través o a hacerle rizos en cada mecha: no creo que duerma de verdad, no señor. Lo percibo cuando se me arrellana sobre el vientre aunque simule gestos involuntarios. Es imposible que no se dé cuenta de lo que ocurre cuando pasamos por esos metros de vía. Pero a estas alturas ya no me importa, y es evidente que a él tampoco.

2007

Imagen: Archivo personal.

© Carolina Meneses Columbié

jueves, 5 de noviembre de 2009

La autopublicación y el escritor desvinculado


Aclaremos primero el concepto. Escritor desvinculado es el que no tiene el tiempo ni la paciencia ni las ganas ni el temple de ir de una editorial a otra a mostrar su obra y a convencer al que tenga la amabilidad de recibirlo, si es que lo recibe, de las razones por la que merece ser publicado. No posee relaciones en el mundo de las letras ya que tampoco cuenta con el tiempo, la paciencia ni las ganas de estrechar relaciones de interés. En otras palabras, es un completo desastre para las relaciones públicas. Ante semejantes características es muy poco probable que algún día lo publique una editorial tradicional, a menos que lo descubra por obra y arte de las casualidades de la vida, algún editor o agente literario, lo que es aún menos probable. Entonces, ¿qué opción le queda al escritor desvinculado para ver su obra publicada en fuentes que no sean los sitios web o los blogs? La palabra clave es la AUTOPUBLICACIÓN. Existe cierto prejuicio con respecto a la autopublicación. "Claro, escribe tan mal que no le quedó otro recurso", se escucha por ahí. Pero si el escritor desvinculado se conoce algo y está consciente de lo bien que escribe, este prejuicio no le debiera alterar en lo más mínimo. El problema es el de contar o no contar con el capital para cubrir los costos que implica el proceso de autopublicación, desde la etapa inicial, que es el momento en que se firma el contrato, hasta la difusión del producto final, que puede ser el libro impreso o el libro electrónico. En el caso del libro impreso el escritor desvinculado tendría que estar preparado para no caer en una depresión profunda ante la eventualidad de quedarse con dos o más cajas llenas de ejemplares, que terminarán en la bodega de su casa o en la tina del baño de visitas porque no le alcanzó el capital para la difusión y, por lo tanto, casi nadie se enteró de la existencia de su obra en el mundo. Al menos tendrá a mano un regalo especial que darle a los amigos en el día del cumpleaños y a la familia en Navidad. Y la familia estará dispuesta a repetirse el regalito varias navidades seguidas porque por algo dicen que el amor de la familia es a toda prueba. Afortunadamente existen editoriales online muy serias que garantizan la venta del libro gracias a la calidad de sus contactos y al monto de sus ganancias. Y lo mejor de todo es que si logra una buena venta, el escritor desvinculado recibirá un porcentaje mucho mayor que el que recibiría con las editoriales tradicionales. Ahora bien, ¿qué pasa con el escritor desvinculado que además de desvinculado no tiene el capital necesario para la autopublicación? Para él algunas opciones podrían ser postular a proyectos serios que realmente se fijen en la calidad de la obra. O buscar un mecenas a como dé lugar, aunque ya no queden muchos el factor suerte juega un papel importantísimo en todo orden de cosas. Tiene que procurar, sí, que lo que el mecenas admire sea su obra y no otros atributos de carácter no literario. También se recomiendo separar, el dia de pago, dos billetitos de un monto ni tan grande ni tan chico y guardarlos en un lugar de difícil acceso, como el fondo de la parte superior del clóset debajo de la ropa de estación, cosa que si la necesidad apremia, se le quiten las ganas de echarles mano de sólo pensar en el esfuerzo que tiene que desplegar para alcanzarlos. Con constancia, un alto umbral de tolerancia a la frustración y una gran capacidad para soportar las privaciones, podrá autopublicarse al cabo de uno o dos lustros, con suerte menos. Participar en todos los concursos literarios que pueda, mientras más mejor por aquello de la Ley de las Probabilidades. Si participa en muchos y por mucho tiempo, tarde o temprano obtendrá el primer premio, el segundo, el tercero o algún lugarcito entre los finalistas. Y si así sucede es altamente probable que le publiquen el trabajo premiado. Tener la obra revisada, corregida, meditada y lista para el horno. Nunca se sabe cuándo va a saltar la liebre. Como último recurso debiera renunciar a la cómoda pero desventajosa calidad de escritor desvinculado y lanzarse a la difícil aunque no imposible misión de lograr que alguna editorial de las típicas le publique.
En todo caso la autopublicación de libros digitales y en formato de papel bajo demanda, o publicación a pedido, viene tomando fuerza desde hace rato y se plantea como todo un desafío para las editoriales de siempre.


© Carolina Meneses Columbié

El indeciso


Cuando ingresa a la librería recorre con la mirada las distintas secciones, rápido, como tratando de chequear el espacio de una sola vez porque es tan escaso el tiempo y son tantos los libros. Si quiere que su misión sea efectiva debe calmarse primero y elaborar a continuación un plan de búsqueda inteligente. Comenzará por la sección de Novedades que, lo sabe bien, está en el lugar más estratégico: al centro, en un mostrador cerca de la entrada. Tan cerca de la entrada y tan al centro que con la agitación que lleva tropieza con el mostrador y bota un par de libros al suelo. Como es un lector culto trata de no mirar los Best Seller, pero mientras enfoca la cara hacia las obras selectas, esas bien sesudas, con el rabillo del ojo les echa un vistazo a todos los Best Seller que, en tales condiciones, pueda abarcar. Entonces cede y como quien no quiere la cosa agarra el último éxito de una de esas escritoras feministas que siguen explotando su fórmula triunfadora. Luego agarra el de otra; y luego el de un triunfador esotérico. Listo, piensa, ya es suficiente. Se guarda uno bajo el brazo con la intención de llevarlo a casa porque de todas maneras hay que relajar la mente. Sigue hacia los Premios Nobel, una sección segura donde puede hacer coincidir con libertad la dirección de la cara con la de la mirada y hojear todos los libros que quiera, siempre con el Best Seller bien agarrado bajo el brazo. Pero casualmente los de la librería, con mucha inteligencia, trasladaron la sección de Autoayuda y la pusieron justo al lado de la de Premios Nobel, tan juntas que casi-casi se entrelazan. Nuestro amigo no tiene la culpa, él trató de hacer su mayor esfuerzo; revisará rapidito algunos manuales. Últimamente no le han ido bien las cosas, así que agarra el manual que explica cómo hacerse rico en menos de un año y se lo guarda bajo el otro brazo. Total, si lo que dice el manual le resulta, podrá comprar todos los buenos libros que le dé la gana. Ahora ya puede revisar la sección de Premios Nobel y la de Literatura Experimental, y quién sabe, tal vez le alcance el tiempo para llegar a la de Filosofía y hasta a la de Estudios Políticos. Después de mucho hojear se decide por un título de Premios Nobel y por otro de Estudios Políticos. Se dirige a la caja con, ¿cuántos llevábamos?
Un Best Seller bajo el brazo derecho. Un manual de autoayuda bajo el izquierdo. En una mano el de Premios Nobel. En la otra, el de Estudios Políticos.
Llega a la caja y deposita su carga sobre el mostrador. El vendedor dispara la pistola a los códigos de barra y al final le comunica el precio. Nuestro amigo levanta las cejas y exclama ¡uf, vamos a ver! Revisa la billetera y descubre que tiene que optar. Recorre con la mirada los libros seleccionados y de ahí, nuevamente, el interior de la billetera, a ver si todavía está en el pliegue oculto el billete que guardó la semana pasada. Pero no, ya no está. Ante tan difícil disyuntiva no le queda más que escuchar a la voz interior que le está recordando su necesidad perentoria. Entonces dice bajito para que sólo escuche el de la caja:
-Me llevo el Best Seller y el manual de autoayuda.


© Carolina Meneses Columbié

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cuento: Tortuga y Gata

Johan Potma

Tortuga descansa sobre la plataforma del estanque de vidrio.
Gata avanza, la vista fija y el vientre a ras del suelo. Estira la pata y empuja a Tortuga al agua. Gata corre, trepa al sillón de la ventana y se acurruca muy quieta. Tortuga se sumerge, nada hasta una de las esquinas del estanque y allí se queda un par de horas. De vez en cuando mira hacia la plataforma, intenta mover las patas, pero se arrepiente y se queda donde está.
Cuando Gata no existía Tortuga era la única mascota de la casa. Mamá Humana la sacaba del estanque y juntas nadaban en la piscina grande. Tortuga solía recorrer el patio o se quedaba la tarde entera en el rincón que más le gustaba por fresco y sombreado: detrás del librero. Nada ni nadie perturbaban su paz. Hasta que Gata apareció.
Día tras día Gata espera en el brazo del sofá a que pase Tortuga. Cuando está justo bajo sus patas salta sobre el caparazón, ruedan por el piso y quedan frente a frente. Una encoge el cuello y se paraliza. La otra pega el cuerpo al piso y mueve la cola en rápido vaivén. A veces llega Mamá Humana justo a tiempo para regañar a Gata. Pero cuando Mamá Humana no llega, Tortuga tiene que soportar que Gata la arrastre por toda la casa.
Día tras día Gata acecha el momento en que a Tortuga le sirven los camarones y en cuanto Mamá Humana da media vuelta, mete el hocico en el estanque y los devora todos.
Tortuga no lo soporta más. Una mañana cuando Mamá Humana la saca a tomar sol, se entierra en el lugar donde crece la hiedra.
Gata despierta al caer la tarde y lo primero que hace, luego de estirar el cuerpo, es correr al estanque. Pero Tortuga no está allí. Sigue hasta el patio, busca por los rosales, por los arbustos, busca por todos lados. Mueve la nariz para olfatearla. La brisa no le trae el olor de Tortuga. Con la cabeza gacha y paso lento Gata se dirige al estanque vacío. Se tiende al lado y apoya la cabeza sobre las patas. Una mosca vuela cerca de su oreja. Trata de cazarla. La mosca, más rápida, escapa hacia la casa de al lado.
Las semanas pasan y Tortuga no aparece. Gata no quiere comer. Gata no quiere jugar. Al caer la tarde se sienta en mitad del patio, mira hacia el cielo, mira hacia la derecha y hacia la izquierda. Un día mira hacia la tierra donde crece la hiedra. Nota una hilera de hormigas que se pierde entre las hojas. Corre hasta allí. Con las garras comienza a retirar las ramas.
Ve que las hormigas se meten por los agujeritos de un montículo de tierra removida. Las patas de Gata son ágiles y cavan con rapidez, el instinto le dice que debe apurarse. Choca con algo duro: el caparazón de Tortuga, del que asoman apenas las uñas por entre el incesante ir y venir de hormigas.
Gata olfatea, Tortuga se muere. Con un esfuerzo desesperado de patas y hocico Gata logra sacarla y corre a buscar a Mamá Humana, que está mirando tele.
Maúlla y maúlla Gata.
¡Silencio! Pide Mamá Humana. Gata sube hasta sus rodillas y por fin logra llamar su atención. Mamá Humana la sigue hasta el patio y encuentra a Tortuga moribunda. Pobre Tortuga, dice. La recoge, la lava y la deposita en el estanque.
Gata está inquieta, mira a través del vidrio, espera.
Mamá Humana lanza los camarones al estanque y Tortuga, de a poquito, asoma la cabeza. Está cansada pero hambrienta y Gata la deja comer.
Desde aquel día Gata y Tortuga viven en paz. Por la mañana salen juntas a tomar el sol. Tortuga estira el cuello hacia el cielo y Gata duerme al lado, con una de las patas delanteras sobre el oscuro caparazón.


"Cat and bird", Paul Klee




© Carolina Meneses Columbié, 2005



martes, 3 de noviembre de 2009

Pasos




Me sirvo vino tinto en la copa que robé. Prendo incienso suave. Abro el Word y bebo un sorbo de vino. La pantalla pálida del Word se impone. Bebo otro sorbo de vino.  Y otro más.
Me pongo de pie. Tomo  asiento. Aparece la gata, que sube a mi regazo, se acurruca, la acaricio.
Acerco los dedos al teclado, lo palpo con las yemas mientras miro el cielo raso y me pregunto qué voy a escribir. Aparto los dedos del teclado y agarro a la gata. La lanzo al piso, maúlla y se va.
Bebo otro sorbo de vino.
La gata regresa y trepa al escritorio. Se acurruca sobre el diccionario de la RAE, ronronea.
Me pongo a escribir. El primer párrafo cuesta. Lo borro e insisto.
El personaje principal se perfila, poco a poco se fortalece: me toma de la mano y me la aprieta. Vértigo cuando me lleva con ímpetu. Ahora soy la espectadora que toma nota apurando los dedos.
¿Qué historia es ésta? No soy yo la que maneja los hilos así que no debo intervenir. Los personajes que se mueven a mi alrededor me ignoran.
Es hora de salir de este tren. ¡Alto, que aquí  me bajo!
Pero como no se detiene, me lanzo.  Me palpo, parece que estoy entera.
Tomo otro sorbo de vino. Agarro a la gata y la acaricio.

2007

© Carolina Meneses Columbié

Imagen: "Retrato del doctor Gachet", de Vincent Van Gogh

No puedo escribir











No puedo escribir.
Porque la silla es baja.
Porque es muy tarde.
Porque la luz es blanca.
Porque los hijos.
No puedo escribir.
Porque la mesa es alta.
Porque es muy temprano.
Porque está oscuro.
Porque la casa.
No puedo escribir.
Porque las teclas saltan.
Porque hay mucho ruido.
Porque el dolor de espalda.
Porque el trabajo.
No puedo escribir.
Porque los lentes viejos.
Porque el silencio.
Porque los amigos.
Porque mañana.

2007
© Carolina Meneses Columbié

Nada raro, no



No nos vemos ya
y todavía huelo su olor.
No creo, no, que lo tenga en el cuerpo
a menos que se me haya impregnado
lo que no sería nada raro
llevándolo como lo llevo
tan adentro de la piel.
Será que huelo su olor
porque lo llevo en la psiquis.
Tampoco sería raro, no.
Concluyamos que huelo su olor
porque lo llevo en la psiquis
y también porque lo llevo en la piel
desde la punta de la cabeza
hasta el dedo más largo del pie derecho
que es más largo que el izquierdo.
Nada raro, no,
que se me haya colado su olor.

2006


© Carolina Meneses Columbié







Imagen de Vincent Van Gogh

Manías






Tengo la peligrosa manía
de oler libros.
Y la no menos peligrosa manía
de golpearme el hombro izquierdo
si me golpeo primero el hombro derecho.
Pero hay manías que más que manías
son innatos resguardos emocionales.
No reincidir en relaciones estériles, por ejemplo.
Lo que me lleva a una cuarta manía,
la de colgar ajo en las entradas
para impedirles el retorno.
Tal vez por esa razón
me encuentre sumida en
nuevas, absorbentes manías:
la de escribirle poemas,
la de memorizar rancheras.

2006




© Carolina Meneses Columbié


Imagen de Paul Gauguin.

¿Te has dado cuenta?

¿Te has dado cuenta de que el miedo tiene sabor?
Es un sabor persistente,
por más que te laves la boca no se te va.
Es un sabor entre amargo y ácido
con un toque al del metal.
¿Le has pasado la lengua a un cuchillo?
Te lo pregunto para que te hagas una idea.
¿Te has dado cuenta de que el miedo tiene olor?
Es un olor sutil que te produce taquicardia,
que te vuelve insomne.
No logras identificar de dónde viene
hasta que descubres
que no se quita con duchas de agua caliente
porque viene de adentro de ti.
¿Te has dado cuenta de que el miedo es frío?
Cuando despiertas por la mañana es un frío ligero
que sobrellevas con el café que tomas al levantarte.
Va aumentando con el día y lo peor viene con la noche.
El frío te paraliza.
Quieres mover los brazos y no puedes,
quieres caminar y no puedes,
quieres hablar y no puedes.
¿Te has dado cuenta de que el miedo es serio?
¿Y de que su seriedad es contagiosa?
El miedo no se ríe ni cuenta chistes.
No baila. No canta.
Ni se reúne con amigos.
¿Te has dado cuenta de que el miedo tiene forma?
Te recuerda a la de un animal de presa.
A un felino que te acecha.
Tienes que andar con cuidado sin bajar la guardia.
Cuando piensas que se ha ido
salta desde cualquier esquina y te cierra el paso.
Mide. Olfatea. Te rodea. Ataca.
Pero te deja vivo, debilitarte es el propósito.
Si te mata, se le termina el juego.
¿Te has dado cuenta de que así es el miedo?

2006
© Carolina Meneses Columbié

viernes, 30 de octubre de 2009

Me debato



Me debato
entre el tenerte
y el no tenerte.
No tenerte significa
aturdir al olvido,
desorientar al recuerdo.
No tenerte es el sosiego
que me destiñe la sangre,
que me dobla la espalda.
Tenerte, en cambio, es el taladro
que me coloco en el pecho,
y el pulgar con el que aprieto
el botón del encendido.

2008

© Carolina Meneses Columbié

Mami, ¿quién fue el gran amor de tu vida?

-¿Quién fue el gran amor de tu vida, ah?
¿Te lo preguntó alguna vez tu hija o tu hijo de nueve años?
¿Te lo preguntó con esa manera particular que tienen los niños de nueve años de preguntar lo que no puede preguntarse en el momento que menos esperas, por lo general cuando estás preparando la cazuela de la noche u organizando los papeles para la reunión del día siguiente?
La respuesta se complica cuando el gran amor de tu vida no fue el papá o la mamá del preguntón o preguntona, aunque en tales casos el preguntón o preguntona supone que el gran amor de la vida de uno es esa persona y por lo tanto no te lo preguntará.
-A ver, a ver, a ver. A ver. Déjame ver. Mmm, veamos -le respondes con la esperanza de que la repetición de los averes consiga impacientar al preguntón o preguntona y que al final opte por pedir que le sirvas la cazuela porque ya le suenan las tripas.
Ah, pero qué mala suerte, los niños y las niñas de nueve años que te preguntan ese tipo de cosas no se rinden con la facilidad con la que te rindes tú.
-Bueno, ¿me vas a decir quién fue el gran amor de tu vida o no me lo vas a decir, ah?
-Es que, es que eso depende de los años que uno tenga. Mi primer gran amor lo tuve a los nueve, mira qué casualidad, tu edad, y nos pasábamos el día dándonos besos a través de la reja que dividía ambas casas.
-No, yo te estoy preguntando por el gran amor de tu vida.
-El segundo gran amor de mi vida lo tuve a los doce, era amigo de tu tío y nunca me dio bola.
-No pues, eso no es un gran amor de la vida.
-El tercer gran amor de mi vida fue el profesor de Física, yo lo contemplaba desde un pupitre en primera fila y de vez en cuando suspiraba alto para que él me escuchara. Pero dejó de ser el gran amor de mi vida cuando me reprobó en Electromagnetismo.
-Eso tampoco es un gran amor de la vida -dice entre dientes, se cruza de brazos, frunce el ceño y te mira como si fueras un tarado.
-El cuarto gran amor de mi vida fue tu papá.
-Si no entiendes la pregunta te la puedo repetir des-pa-ci-to, ¿quieres?
-Ay, no sé. Ya está lista la cazuela, ¡a comer!
Entonces le apuras el plato para que se llene la boca con el zapallo que está tan rico, tan tierno y deje de preguntar lo que no le puedes responder.
Cómo le vas a decir que del gran amor de tu vida no puedes hablar. Tal vez cuando cumpla veinte si es que te lo pregunta de nuevo.

© Carolina Meneses Columbié

lunes, 13 de julio de 2009

Nace un libro: Escritores

Por Hernán Huergo

Sí, queridos amigos de aquí y de allá, Emilio Matei sale este mes de Noviembre de 2006 con una Antología de Cuentos 2006, con el título de Escritores. Se trata de una compilación de 14 cuentos de igual número de autores. Los elegidos son un boliviano, una chilena, un español, un peruano y diez argentinos. Al libro lo pueden encontrar, por supuesto, en la Librería Fin de Siglo (Corrientes 1966), patria preferida de Don Emilio, fuera de estas páginas, claro está. El precio parece una bicoca aunque esta opinión quizás no sea objetiva pues sale de uno de los autores. Pero que cueste quince pesos argentinos, menos de cinco dólares, no sé cómo tomarlo. Espero que los que lo compren encuentren un poco más de valor que ese precio, en fin. ¿Qué les parece la tapa?
La invitación que me llegó dice que el lanzamiento es en el Auditorio Monseñor Derisi de la UCA, allí en Puerto Madero. Y me dijeron que está abierta para todos. Yo no me la pierdo, de eso estén seguros, porque soy uno de los que la organiza. Pero además de Emilio Matei y de los autores tenemos un artista de primera que va a leer uno de los cuentos, el amigo Miguel Cantilo, la Marcha de la Bronca, ¿se acuerdan? Sí, por supuesto, cómo no acordarse de una letra que pareciera haber sido escrita ayer por la mañana.
Sólo falta que les cuente los cuentos, cosa que no pienso hacer. Pero sí les puedo mostrar el índice del libro:
El Engaño - Miguel Aillón Valverde
Restaurante de Aeropuerto - Federico Bianchini
El ladrón - Fabio Dana
Carta a los Reyes Magos - Gregorio Glinsky
El panadero - Joan Guerola Tolsà
La hora de Penélope - Hernán Huergo
Diagnóstico Precoz - Eduardo Kadener
El Gánster - Analía Medina
Menos mal - Carolina Meneses Columbié
Stefan - Fernando Milsztajn
Si no fuera por Vallejo - David A. Oblitas Flores
Bienvenidos - Mª del Carmen Rodríguez
No trates de convencerme - Marcelo Tasso
Sabios - Alejandro Zacchigna

Hernán Huergo
Buenos Aires, Noviembre de 2006

Escritores - Antología 2006


Autores:
Miguel Aillón (Bolivia)
Federico Bianchini (Argentina)
Fabio Dana (Argentina)
Gregorio Glinski (Argentina)
Juan Guerola Tolsà (España)
Hernán Huergo (Argentina)
Eduardo Kadener (Argentina)
Analía Medina (Argentina)
Carolina Meneses Columbié (Chile)
Fernando Milsztajn (Argentina)
David Oblitas (Perú)
María del Carmen Rodríguez (Argentina)
Marcelo Tasso (Argentina)
Alejandro Zacchigna (Argentina)
Compilador: Emilio Matei
Ediciones de La Cultura - Colección Alfa

"Hoy en día una actitud optimista frente al futuro parece poco seria. Pero creo que el tan declamado fin, entendido como punto final, de toda actividad científica o artística, no resulta más que el reflejo de un estado de ánimo. La Edad Media, que es vista como uno de los períodos más oscurantistas de la historia, no sólo produjo innumerables obras de arte sino que abrió las puertas a un fantástico despliegue en el Renacimiento.
En esta antología, en la que participan notables escritores de cinco países hispanoparlantes, hay una perfecta mezcla entre los más arcaicos motivadores de la creación artística, la necesidad de contar historias, y de la más moderna tecnología que no sólo permitió, mediante internet, que el grupo de escritores pudiera formarse, sino que este libro producto de los más sofisticados sistemas de impresión, se publicara. Por eso me siento optimista, aunque resulte algo ingenuo y fuera de moda, y espero el futuro con enorme interés." Emilio Matei


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