viernes, 7 de abril de 2017

Consejos para un lector de poesía

"Hipnotizador", de Bohumil Kubista.

Si usted va a leer poesía -o cualquier otro tipo de texto literario- ante el público, tenga cuidado con las manos. Si no sabe cómo usarlas le recomiendo que las deje quietas o que las use solamente para sostener el libro del que lee, de lo contrario terminará distrayendo al público y en lugar de escucharlo se pondrá a seguir el movimiento de sus manos con un penoso sentimiento de vergüenza ajena.
Si no logra contenerse entonces sea comedido, muévalas un par de veces, no más, pero con elegancia: no se acomode la camisa, blusa, falda o pantalón,  no se rasque la cabeza ni las mejillas ni el cuello, no se frote la nariz, no aletee y que sus manos sigan el ritmo de las palabras. Con esto será suficiente y logrará que el público lo valore o como mínimo, lo respete.
No lo olvide. 

jueves, 23 de junio de 2016

Cuento: La pócima

Ya estoy sentada en el sofá del living de mi casa cuando mi hermano mayor entra por la puerta principal seguido de los chicos de la banda: el bajista, el vocalista, el tecladista y Alonso, el baterista. Traen en las manos partes de la batería de Alonso, las dejan en una de las esquinas del living y vuelven a salir, pero antes de salir mi hermano mayor, que es el guitarrista, me dice bajito:
—Piérdete mocosa, que vamos a ensayar.
Que ni lo piense, yo me voy a quedar bien instalada en el sofá, el mejor lugar para mirar a Alonso, y sé que mi hermano no me va a sacar a la fuerza, no delante de los amigos, no. Delante de ellos a él le encanta hacerse el condescendiente. Yo no me voy a ir justo hoy que lo tengo todo planeado: les ofreceré el jugo de mora cuando hagan la primera pausa. Con el calor que hace y con todo lo que sudan apuesto a que se lo toman de un trago, mi hermano seguro que pensará que qué bicho me picó, que de adónde tanta amabilidad, aunque quizás ni se sorprenda porque sabe que me muero por Alonso.
Y ahora regresan con los otros instrumentos. Cuando Alonso pasa por mi lado me dice hola, yo le respondo con una sonrisa y siento que la cara se me calienta y que el corazón me sube hasta las orejas.
Alonso arma la batería en un dos por tres, fija los platillos y acomoda ese tambor grande y los otros más chicos, al terminar se sienta en el taburete y se pone a lanzar las baquetas al aire haciéndolas girar para luego recibirlas en cada mano. Los otros afinan los instrumentos mientras él sigue juega que te juega con las baquetas. Y no se le cae ninguna.
—Haces el ridículo cada vez que viene, Alonso se ríe de ti —me dice siempre mi hermano cuando la banda ya se fue—. Juro que si para la próxima vez  no te encierras en tu cuarto te saco a rastras.
Pero a lo más que llega es a mirarme feo y a quejarse con papá, aunque la última vez que lo hizo papá le paró los carros, que no se crea con derecho absoluto  sobre el living sólo porque tiene permiso para meter ruido con la banda, que una queja más y ya se pueden ir buscando otro lugar.
A pesar de lo que dice mi hermano yo sé que Alonso no se ríe de mí, él me sonríe y a veces hasta me guiña el ojo. Cuando llega me dice hola y cuando se va me dice chao y estoy segura de que no se atreve más a causa de mi hermano, bah, total, si él supiera que después de hoy yo podré mirar a Alonso cuando me dé la gana y sin necesidad de quedarme en el sofá del living durante los ensayos. Me lo juró Sofía:
—De que funciona, funciona —me dijo hace dos semanas en la clase de Matemática—. Se lo escuché a doña Maruja cuando se lo explicó a mamá y después de que mamá la preparó y se la dio a beber, papá regresó a casa al otro día y no se ha vuelto a ir. Ahora pasan besuqueándose cuando creen que Toño y yo no los vemos. Si hasta lo pillamos a papá metiéndole a mamá la mano por adentro del pantalón y así mismo se la llevó hasta el cuarto y cerró la puerta con seguro, escuchamos el click.
Fue facilito conseguir los ingredientes que Sofía me dictó, menos uno con el que no podré toparme por ahora. Y la receta era todavía más fácil de preparar. Una pata de pollo tierno de la que me comí la carne y chupé el hueso, bien chupado para que se le impregnara la saliva. Lo dejé secar y después lo raspé para convertirlo en polvo fino: probé primero con el cuchillo de cortar carne, luego con la lima de uñas de mamá hasta que al final tuve que sacar a escondidas la lijadora de papá. El polvo me quedó bien fino, lo guardé y esperé sin bañarme la primera noche de luna llena. Cuando mamá se dio cuenta de que había pasado cinco días sin tocar el agua estuvo a punto de meterme a la ducha a la fuerza. Yo me puse a estornudar de mentirita y hasta disimulé una ronquera.
—Mañana a la ducha aunque te estés muriendo —me ordenó.
Por suerte a la noche siguiente salió la luna llena. Me encerré en el baño con un frasco de cristal vacío con capacidad para medio litro que me dio Sofía y con el polvo de hueso chupado. Agarré la palangana de arreglarse los pies, la llené de agua y con esa agua me lavé las axilas y las partes íntimas de allí abajo.
—La pócima podría debilitarse por el ingrediente que no tienes así que escúchame con atención: si llegas bien sucia a la noche de luna llena no creo que pierda efectividad, pero bien, bien sucia, ¿oíste? —me dijo Sofía cuando terminó de dictarme los ingredientes.
Yo creo que voy un poco atrasada. Sofía menstrúa desde el año pasado, aunque el doctor dice que no es que yo esté atrasada sino que a Sofía se le adelantó un poco, dice que tenga paciencia, que será pronto, que cuando menos lo espere.
Y pensar que con sólo cinco gotas me hubiera bastado. Pero confío en Sofía a ojo cerrado, si ella asegura que la clave está en llegar bien, bien sucia a la noche de luna llena, la pócima funcionará aunque le falte ese ingrediente.
Vertí el agua del lavado en el frasco de cristal, lo cerré con la tapa de corcho y me duché entera para que mamá dejara de molestar. Metí en el frasco el polvo fino de hueso de pollo chupado, lo agité bien y lo guardé en mi armario de donde lo saqué hace una hora para esconderlo en el fondo del refrigerador, detrás de las cajas de leche. Calculo que la banda hará una pausa dentro de unos veinte minutos; dentro de diez, me levantaré de este sofá, iré a la cocina y sacaré del refrigerador la pócima que ya estará bien fría y con la que prepararé el jugo especial para Alonso. Sofía me dijo que utilizara polvo de jugo de mora que es el más ocuro de todos, por si acaso, y que una vez listo lo dejara reposar un rato para que el polvo de hueso de pollo chupado se deposite en el fondo del vaso. Luego a prepararle el jugo a los otros con agua normal no más, no vaya  a ser que después los tenga a todos a mis pies, con lo feos que están. Quién podría imaginarse a mi propio hermano a mis pies, ¡puaj!

Ya pasó un mes desde que Alonso se tomó la pócima, y lo hizo tan rápido que no dejó en el vaso más que un resto de polvo de hueso de pollo chupado que podía pasar como polvo de jugo sin disolver.
—Gracias, estaba rico —dijo, chasqueó la lengua un par de veces y se me quedó mirando un rato.
Yo pensé que la pócima de tan efectiva ya le estaba haciendo efecto. Pero qué va, nada de eso. Sofía se equivocó. No bastaba con llegar bien, bien sucia a la noche de luna llena, el ingrediente que no tuve era fundamental, o si no que mire cómo su papá todavía sigue en su casa besuqueándose con su mamá y llevándosela para el cuarto. Yo, en cambio, después de un mes todavía sigo contemplando a Alonso desde el sofá del living. Cuando llega me dice hola y cuando se va me dice chao, a veces me guiña un ojo y me pregunta si voy a preparar más del juguito tan rico que le di una vez. Yo sonrío y le digo, con el corazón latiéndome a millón, lo mismo que me dice el doctor a mí, que tenga paciencia, que será pronto, que cuando menos lo espere.



© Carolina Meneses Columbié

sábado, 11 de junio de 2016

La stamina



El idioma italiano puede con una sola palabra abarcar un mundo de ideas o definir el sentimiento preciso. En "La mujer rota" de Simone de Beauvoir, uno de los personajes dice:
"(...) eso que los italianos designan con una palabra tan bella: la stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando has perdido eso, lo has perdido todo."

¡De eso se trata, señor!  Para qué agotarse en  profundos soliloquios si todos los motivos y todas las respuestas se explican allí. La stamina. ¿Se le está apagando? Procure avivarla. 

domingo, 29 de mayo de 2016

Cuento: El túnel de ramas



Es domingo y Melisa arrastra a Roberto a un picnic en la falda de la montaña. Extiende el mantel tan cerca de la orilla del río que sin cambiar de lugar podría tocar el agua con los dedos.
Roberto se sienta sobre una gran roca plana con los ojos fijos en el agua, las rodillas abrazadas y la cabeza hundida entre los hombros. Melisa, al tiempo que le arroja breves miradas nerviosas, coloca los platos, los vasos, los cubiertos, los huevos duros, la fuente con las presas de pollo y la de ensalada. Luego pone a enfriar la botella de gaseosa en el agua.
—Sácala —advierte él desde la roca a la que parece estar pegado—, se la llevará la corriente.
—No se la llevará.
Pero las piedras que puso para afirmar la botella no evitan que la fuerza del agua la arrastre río abajo. Un gruñido seco le llega desde la gran roca plana.
—Qué estupidez la tuya, mira que meter la gaseosa en el río —se queja Roberto y baja de la roca.
Melisa calla. Se concentra en los movimientos pausados y uniformes de la mano que lleva el cucharón de las fuentes a los platos, de los platos a las fuentes.
—Tengo sed —reclama él cuando va por la segunda presa—, me estoy atragantando con el pollo.
—Toma agua de río. Hay mucha y está fresca.
Pero sabe que Roberto prefiere quedarse con el bocado de pollo atascado en la garganta antes que tomar agua de río. Ella también tiene sed. Se arrodilla, inclina el cuerpo hacia la ribera para recoger agua en las manos y llevársela a la boca. Cuando termina de beber recorre con la mirada el paisaje y ve a lo lejos las enormes ramas de un sauce llorón que al curvarse sobre las aguas forman un túnel.
Roberto lanza sobre el plato la presa de pollo a medio comer y vuelve a la roca. Se acuesta de espaldas y se tapa los ojos con el antebrazo derecho. Al poco rato Melisa escucha los ronquidos que rompen la sutil sincronía entre el sonido del viento y el de la corriente.
Se levanta y camina hacia el sauce. Alcanza el túnel. Se sienta sobre un tronco bajo el arco de ramas. Una hoja del árbol le roza la frente. ¿Qué le hubiera dicho Felipe por lo de la gaseosa?

No sabe cuánto lleva allí sentada. Cierra los ojos para aspirar el viento frío y brusco de la tarde que ya no es el mismo viento cálido y suave del mediodía. Abre los ojos. Mira hacia atrás. Roberto aún está tendido, inerte, fundido a la roca. Roberto. Tan parecido a la roca. Y Felipe. Podría asegurar que varios kilómetros más allá, en la ciudad, Felipe le está enviando por correo electrónico una nota con las coordenadas del nuevo encuentro secreto.

Pronto tendrá que volver a casa con Roberto. Al día siguiente se encontrará con Felipe en algún hotelito discreto. Él le hará prometer una vez más, como antes hacía Roberto con palabras muy parecidas, que siempre será la espontánea y soñadora Melisa, aunque dentro de pocos años le recuerde su torpeza cuando la botella de gaseosa se le escape río abajo.
Hunde los pies en la arena de la orilla. El río fluye veloz y arrastra algunos troncos, los rayos del sol caen sobre la superficie del agua, el viento agita las ramas de los árboles. Un paisaje limpio. Se pone de pie y no voltea a mirar la roca donde está Roberto, ni a la ciudad donde espera Felipe. Atraviesa el túnel de ramas del sauce llorón.
Cuando Roberto despierta ya es de noche. Está solo sobre la roca. La corriente se llevó el mantel, los platos, los vasos y los cubiertos, los restos del pollo y de la ensalada, las cáscaras de los huevos duros. Y allá en la ciudad Felipe se estará preguntando por qué Melisa no ha confirmado la cita del día siguiente.



© Carolina Meneses Columbié

martes, 8 de diciembre de 2015

Una vieja audaz





Hoy vi en plena avenida a una viejita en bicicleta. Era flaca y algo encorvada, tendría unos ochenta cortos o un poco más. Avanzaba rápido de pie sobre los pedales, como si el sillín no se hubiera hecho para ella. De tanto en tanto, con un movimiento enérgico del brazo derecho apuraba a los automovilistas que le obstruían el paso, quienes con una cara de asombro que ni te cuento aminoraban la velocidad. No inspiraba lástima ni el deseo de protegerla con la advertencia de que se cuidara de  los automovilistas o de alguna caída que podría serle fatal. No inspiraba inseguridad ni catástrofe inminente, sino ganas de llegar a ser una vieja como ella. 

lunes, 28 de septiembre de 2015

La luna en la botella


Cuando todos los caminos fueron bloqueados, la luna llena permanece como la única vía segura e inconmensurable.  Da lo mismo su color: roja, blanca o gris, pero sí la forma y el brillo. Una gran luna redonda y brillante, para que al mirarla sepa el destinatario que ella sigue estando, y que espera. A menos que imagine que la encierra en una botella de cristal opaco que oculta para siempre en las montañas.



© Carolina Meneses Columbié, 2015

miércoles, 11 de junio de 2014

Analogías fundamentales

Foto del Madrid Antiguo: Biblioteca Nacional hacia 1930.
Biblioteca Digital Hispánica (Biblioteca Nacional de España)


Lo veo entrar a la biblioteca y me ocurre lo mismo que con los libros: algo en él me llama la atención y trato de iniciar un acercamiento discreto, como cuando leo el resumen de la contratapa para orientarme.
¿Hasta dónde valdría la pena llegar?
Una relación o lectura liviana y rápida, de las que no dejan huella porque la cosa no da para más. Una relación o lectura ni tan superficial ni tan profunda, como las del verano. Podría ser que al conocerlo quisiera llegar un poco más allá de la mitad. Podría gustarme la forma. Y el contenido. Sentir la urgencia de descubrir la historia no contada, el desafío de entender su conflicto y los vericuetos de la trama, la necesidad de escuchar sus palabras certeras, con ese toque irrepetible que transforma lo cotidiano.
Al llegar a ese punto decidiré que no  lo perderé de vista, que lo mantendré a mi lado por un largo, largo tiempo, así como por nada del mundo perdería un libro apreciado prestándolo a alguien que jura en vano, sin una pizca de convicción, que lo devolverá en cuanto lo termine, ¡palabra santa! 

© Carolina Meneses Columbié

lunes, 7 de abril de 2014

Treinta segundos al menos


Por una vez podrías tomar en serio lo que tan en serio siento por ti, una sola vez no es pedir mucho. No se abrirá la tierra, no se levantarán los mares ni caerá un meteorito. Estarás a salvo de cualquier peligro por una sola vez que me tomes en serio. Fíjate qué poco.

Cómo me puedes pedir que desaparezca de tu ruta, de las reuniones familiares y de amigos, del whatsapp, del correo electrónico y del messenger, mientras exiges que no te borre del  facebook para seguirme el rastro porque dices quererme mucho aunque me soportes poco.

No es serio que a diario me seduzcas, que comentes mis estados, que marques territorio con frases admonitorias cuando adviertes presencias ajenas o sospechosas y, lo peor de todo, que me etiquetes en tus fotos de perfil si sabes que al mirarte el corazón se me une al estómago en caída libre con aterrizaje brusco.

Sin embargo, como yo sí te tomo en serio cometo el imperdonable lugar común de mirar la luna porque pienso en ti. Y aunque sé que detestas los lugares comunes por sobre todas las cosas -el de la luna más que ningún otro, tanto como lo odiaría yo si no fuera por tu culpa- no puedo evitar hacerlo.

Eres un tema tan serio que te voy a exigir que salgas de la pantalla y que me sostengas la mirada durante treinta segundos al menos. Quiero una mirada firme, directa. Te permito ambigüedad en la sonrisa pero no en la mirada. Te permito temblores en el cuerpo, el tic de la mejilla izquierda y hasta que lleves en una mano el tablet y en la otra el smartphone que te mantienen cerca de una manera tan dudosa. Pero ambigüedad en la mirada sí que no.

Treinta segundos al menos. Si lo logras, comenzaré a creer que me estás tomando en serio por primera vez en lo que lleva de vida esta historia de mierda y podré borrarte del facebook para siempre, en contra de todo mi empeño y en favor de mi escasa cordura.


© Carolina Meneses Columbié


jueves, 28 de febrero de 2013

Traductor Enemigo versus Traductor Amigo


Afortunado seas si puedes leer un libro en su idioma original que, además, no es tu idioma materno. Pero si no te queda más remedio que leer la traducción, es mi deber alertarte sobre cierto peligro. Antes quiero hacerte unas preguntas:

Cuando te dispones a leer un libro o cuando lo hojeas en la librería, ¿te fijas en el nombre del traductor?

¿Te ha interesado alguna vez conocer de traductores así como conoces de autores?

¿No? Yo tampoco lo hacía hasta que 
llegó a mis manos un libro de uno de mis autores favoritos, John Cheever. Ya en el segundo párrafo del primer cuento noté algo raro. ¿Estaba leyendo realmente a John Cheever? ¿El mismo que ganó el National Book Award y el Premio Pullitzer,  uno de los mejores cuentistas de Estados Unidos?
Revisé la biografía al dorso, y sí, se trataba del mismo John Cheever. ¿Qué había ocurrido? El original en inglés había caído en las manos de un Traductor Enemigo y cuando terminó con él, parecía haber sido escrito por un principiante.

¿Qué es un Traductor Enemigo? 



Traductor Enemigo:

No voy a perder mucho tiempo definiéndolo, basta con decir que es todo lo contrario al Traductor Amigo. 
Ejemplo: Un cebado grupo de traductores españoles que, si no estás alerta, podrían hacerte  odiar la lectura.

Traductor Amigo:

Además de ser un buen traductor es también un buen escritor, y en algunos casos, un escritor talentoso.
Conoce y estudia la obra del autor al que traduce. Tiene gran dominio de su lengua materna y de la lengua con la que trabaja.
Ser un Traductor Amigo es difícil, requiere de años de estudio y de experiencia. Requiere de entendimiento y de ingenio.
Es muy fácil identificarlo: cuando estás leyendo una traducción hecha por él, no lamentas tu incapacidad para entender el libro en su lengua original.
Ejemplo: Julio Cortázar. Tradujo, entre otras,  la obra completa en prosa de Edgar Allan Poe, considerada por la crítica como la mejor traducción de Poe  realizada hasta ese momento. Octavio Paz,  otro gran escritor que también fue un Traductor Amigo.


Consejos para evitar al Traductor Enemigo:

No se trata de complicarte la vida, o que la acción de seleccionar un libro se convierta en un problema. Se trata de que pongas más ojo, al menos para seleccionar los libros de tus autores favoritos.

* Cuando estés en la librería pregunta cuántas ediciones existen del libro que te interesa, si hay más de una, compáralas. Si conoces la obra del autor porque ya lo leíste en buenas traducciones, podrás saber qué edición elegir.

* Fíjate en el nombre de la editorial. Las editoriales que han forjado su fama publicando buena literatura, no la pondrán en riesgo contratando a malos traductores.

* Si existe  una sola edición, tómate tu tiempo para revisarla, a ver si le pillas errores   de sintaxis o de ortografía. Si la traducción no es óptima, que  al menos sea aceptable. 

* Si no existe nada más que una edición  regular o mediocre, no la compres, de lo contrario te aseguro que no llegarás ni a la mitad del libro.

* Si no conoces mucho de la obra del autor, usa tu sentido común y tu experiencia como lector: lee algunas páginas, si sientes que la lectura no fluye, sabrás a qué atenerte. 


* Pero si no te interesa para nada rescatar al autor, compra la edición más barata, la que trae, además, errores de ortografía. Al fin y al cabo todo depende de las necesidades de cada cual. 


© Carolina Meneses Columbié



jueves, 21 de febrero de 2013

Las disculpas, ¿las pides o las ofreces?



Ante la duda abstente, es el aforismo que guía mis pasos, por lo que no me queda más remedio que consultar el sitio web de la autoridad en la materia, la Real Academia de la Lengua Española. La respuesta me sorprende:

"Algunos puristas han censurado el uso de la fórmula pedir disculpas cuando una persona desea pedir perdón por haber cometido una falta, señalando que lo correcto sería ofrecer o presentar disculpas. No obstante, no hay razones para tal censura. Para dilucidar correctamente esta cuestión, hay que tener en cuenta, por una parte, el significado del término disculpa y, por otra, las distintas acepciones del verbo disculpar."

"El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (2001) ofrece una única acepción para el sustantivo disculpa:  'Razón que se da o causa que se alega para excusar o purgar una culpa'. Nada hay en esta definición que obligue a considerar que solo el ofensor es quien debe ofrecer su comportamiento ofensivo. Podría ser una tercera persona, por ejemplo, la que alegara motivos o razones para justificar o excusar  a otro, como ocurre en este ejemplo: Por su carácter bondadoso reacciona buscando siempre una disculpa si se trata de personas responsables."

"Por otra parte, hay que tener en cuenta que la voz disculpa puede interpretarse también como nombre de acción, es decir, como sustantivo que denota la acción designada por el verbo disculpar. El verbo disculpar tiene registradas en el DRAE (2001) las siguientes acepciones:
Transitiva: Dar razones o pruebas que descarguen de una culpa o delito. El complemento directo puede ser tanto la falta cometida (El director del festival disculpó la inasistencia del premiado alegando motivos de salud) como la persona que la ha cometido. Caso en que la falta se expresa mediante un complemento normalmente precedido de la preposición por  (El director del festival disculpó al premiado por su inasistencia, alegando motivos de salud). En esta acepción el verbo se construye muy frecuentemente con complemento directo reflexivo: En cuanto llegó, se disculpó por su retraso, motivado, según dijo, por problemas de tráfico. Aquí, el verbo disculpar sería sinónimo de justificar.
Transitiva: No tomar en cuenta o perdonar las faltas y omisiones que otro comete. En este caso, se una frecuentemente en oraciones imperativas y el complemento directo puede ser, igualmente, tanto la falta como la persona que la comete: Disculpen que me vaya, pero tengo una reunión urgente. Discúlpenme, pero tengo que marcharme. Aquí, el verbo disculpar sería sinónimo de perdonar.
Pronominal: Pedir indulgencia por lo que ha causado o puede causar daño. Ejemplo: Se disculpó por su grosería del día anterior. Aquí, el verbo disculpar sería sinónimo de pedir perdón."

"Teniendo en cuenta estas consideraciones, han de admitirse como válidas las fórmulas ofrecer (o presentar, dar u otros verbos similares) disculpas y pedir disculpas, siendo el sujeto de ambas acciones el que ha cometido una ofensa:
1.- El que ofrece disculpas desea que le sea aceptado el hecho de disculparse (acepciones 1 y 3).
2.-El que pide disculpas solicita que otro no le tome en cuenta o le perdone una falta u omisión cometida (acepción 2).
3.- Por ello, la locución pedir disculpas viene a ser sinónima, toda ella, de disculparse o pedir indulgencia, y así se recoge ya en la última edición del DRAE, s.v. Disculpa."

Linduras de nuestro idioma que suenan complicadas al oído y a la reflexión. Al parecer las dos formas son correctas. Para no confundirse con los conceptos recomiendo que, cuando toque hacerlo, se use nada más que un efusivo y sincero discúlpame.

martes, 4 de septiembre de 2012

Caída libre, por Hernán Orellana Martínez


Se asomó al borde de la terraza y vio todo tan chiquitito que no pudo evitar que una lágrima de ternura le resbalara por la garganta. Una tarde bastante fría y nublada le había bajado el ánimo a tal punto que no le costó mucho decidirse a saltar. A la altura del noveno piso pensaba en lo tristes que estarían sus críos, esa noche, cuando lo vieran todo despaturrado en el noticiario de las 10. En el séptimo un pájaro que se cruzó en su camino le hizo el quite y se quedó mirándole mientras caía, extrañado tal vez de no verle aletear. Cuando pasaba ya el quinto se abrieron las nubes y un rayo de sol incendió los vidrios de los edificios circundantes, iluminando la tarde con un destello majestuoso. Pensó que nunca había visto tan lindo a Santiago en invierno así que, al llegar al segundo piso, golpeó en el ventanal y, cuando le abrieron, pidió permiso, atravesó el comedor y el living de la perpleja familia, abrió la puerta de calle y se alejó silbando, en dirección al paradero más cercano.

H.O.M. Junio 2010.


sábado, 1 de septiembre de 2012

En una biblioteca pública tú puedes encontrar




Al que desde hace algunos días llega siempre a la misma hora y  ocupa la misma mesa, saca de su maletín el mismo libro de existencialismo sobre el que, invariablemente, estará durmiendo a los cinco minutos.
Al escolar que  pide en Referencia un libro de álgebra y una vez que se lo entregan y ocupa su puesto, en lugar de revisar el libro se pone a rayar la mesa.
Al chico de mirada inteligente que no revisa el catálogo de títulos sino que va directo a la estantería porque prefiere revisar libro por libro y que al final, por desear llevárselos todos, no se llevará ninguno.

A la niña que hace algunos días descubrió los libros infantiles y quedó deslumbrada porque ya no tendrán sus padres que comprarle todos los que ansiaba leer.

A la ama de casa que se cansó de la casa, del planchado y del cocinado, que ingresa con timidez a la sala de lectura y  le pregunta a la bibliotecaria  por qué autores comenzar.

A la misma ama de casa, seis meses más tarde, que le cuenta a la bibliotecaria  que el marido la dejó.

Al que pide siempre el libro que no está porque antes de pedirlo ya lo buscó en el catálogo. Y todo para no dejar de exclamar con aire de triunfo: “¡Aquí nunca hay nada!”

Al que ya se jubiló e ingresa a la sala de lectura llevando bajo el brazo el libro que va a devolver y le pregunta a la bibliotecaria: “Mi reina, ¿qué me va a recomendar ahora?”

Al que sabe que los bibliotecarios y las bibliotecarias también celebran su día y con un agradecido, sincero y cálido apretón de manos le da las felicitaciones.

Al que aquí no fue nombrado, tan necesario como el que sí lo fue.

2008


lunes, 26 de marzo de 2012

El aturdidor de moscas


Durante el último almuerzo Gonzalo nos contó lo de la mascota de su hermano. Una araña grande e inofensiva a la que alimenta con moscas aturdidas. ¿Cómo lo hace? Pregunté. Las aturde pegándoles con una hoja de periódico enrollado, respondió. ¿Cómo las puede aturdir sin matarlas? Le volví a preguntar. Dándoles el toque justo, claro que al principio terminaba matándolas a todas y como la araña no recibe moscas muertas tuvo que aprender rápido. Pasaba días enteros practicando.
Imagine usted la absurda escena y pregúntese, ¿una prueba del gran cariño que el hombre puede llegar a sentir por su mascota o la constatación de su inefable soledad?


© Carolina Meneses Columbié, 2011




martes, 21 de febrero de 2012

La importancia de los buenos títulos



El título es lo primero con lo que el lector se enfrenta, y como la aventura comienza por ahí, el título vendría a convertirse en la tarjeta de presentación de la obra literaria. Un título puede ser mejor que la historia misma, o viceversa; un poderoso imán o  campo minado. Puede ser poético, agresivo, enigmático, repelente, atrayente. Encerrar una doble lectura o no dejar nada a la imaginación. Soso, cursi, sugerente o sublime, el título es una parte de la obra que no hay que descuidar.
Hay autores que poseen una enorme inventiva mientras que para otros el título se convierte en un problema. El consejo de los amigos puede ser valioso, pero cuando éste falla existe un recurso del que se ha hablado hasta el cansancio: distanciarse de la obra por un tiempo ayuda a ordenar las ideas y permite que en el lugar recóndito donde se negocia la creatividad, logre formarse algo que nos deje satisfechos. En todo caso, quedar satisfechos es otra utopía del trabajo literario.
Revisemos algunos de los buenos títulos que a juicio personal nos ha venido entregando la literatura, mencionaré los que recuerdo ahora, la lista es larga y mi memoria corta. Si a ti se te ocurren otros te agradeceré el aporte. Recuérdese que por título me estoy refiriendo al nombre del libro, no a su contenido.

De Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.

De Gabriel García Márquez:
Cien años de soledad.
Ojos de perro azul.

De Mario Vargas Llosa.
La ciudad y los perros.
La orgía perpetua.
El paraíso en la otra esquina.

De Nicolás Guillén:
La paloma de vuelo popular.
Balada de los dos abuelos.

De Eliseo Diego:
El oscuro esplendor.
Libro de quizás y quién sabe.

De Alejo Carpentier:
El recurso del método.
El arpa y la sombra.
La consagración de la primavera.

De Clive Staples Lewis, La travesía del Viajero del Alba (The Voyage of te Dawn Trader), la tercera novela de Las Crónicas de Narnia.

De Truman Capote el cuento Música para camaleones.

De Raymond Carver, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

De Pablo Neruda, Crepusculario.

De Paul Auster, La invención de la soledad.

De Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de Famas.

La lista no termina aquí, se irá enriqueciendo a medida que vaya recordando y conociendo.


© Carolina Meneses Columbié, 2011

domingo, 23 de octubre de 2011

Para escribir y comer pescado, hay que tener cuidado



Caleta Portales


Cuando  escribas, ¿qué podrías hacer o dejar  de hacer para evitar los temidos gazapos? Te  aclaro  que  mis consejos nacen de la propia  experiencia,  de muchas metidas de pata y de  algunos aciertos.

* Nunca jamás escribas bajo el efecto de las emociones, ni de las positivas ni de las negativas:
Si presencias un accidente de tránsito y los heridos aterrizan a tus pies, ese día NO escribas.
Si el amor de tu vida te abandona, o te dice que sí o por fin da algún indicio de que le interesas, NO escribas.
Si peleaste con alguien, si te subieron el sueldo o si te ganaste la lotería, NO escribas.
Escribe cuando tu mente se haya serenado y vuelva a ser capaz de analizar los hechos con objetividad. Si a pesar de todo decides escribir con la mente y el alma atormentada, hazlo pero no des a conocer el texto, guárdalo y revísalo más tarde. Tampoco escribas cuando el cansancio o el sueño te venzan, una cabeza en tal estado no se da cuenta ni de a quién pertenece. Si no te queda más remedio que escribir porque a alguien le urge el texto, tómate dos tazas de café negro bien negro, y cuando hablo de café no me estoy refiriendo al café instantáneo sino al verdadero café, de grano o en polvo, pero café-café. Es mucho más sano y, créeme, más efectivo. Sin embargo...

* Que nadie te apure: escribir un texto es un trabajo de creación, de compromiso con uno mismo y con tus lectores. Tú eres la única persona que puede determinar qué tiempo te tomarás, y si no te queda más remedio que entregar un trabajo en un plazo determinado, organízate, fija las horas del día o de la semana que destinarás a escribir. Nunca, nunca, nunca dejes el trabajo para unas horas antes de. Recuerda que hay autores que dedicaron largos años de su vida a la creación de un solo libro, aunque si se trata de un informe de trabajo no te conviene darte semejante lujo.

* Cuando termines un texto, revísalo. Cuando termines de revisarlo, revísalo otra vez, y otra vez y otra más. Guárdalo. Al día siguiente vuelve a revisarlo, te sorprenderás de todos los errores que no habías pillado. Pero no lo revises en la pantalla del computador, mejor imprímelo. Los errores resaltan más en la hoja impresa.

* Si puedes pídele a alguien de confianza que lo lea, por algo dicen que cuatro ojos miran mejor que dos. A mí me ocurre: muchas veces le paso quince veces por arriba a un error de tipeo, de concordancia o de ortografía, y no me doy cuenta porque estoy más centrada en el contenido que en la forma.

* Si escribes en computador trata de que el procesador de texto que usas tenga un buen corrector ortográfico, te aseguro que ni aun los grandes escritores están libres de faltas. Mantén abierto los sitios web de la Real Academia de la Lengua Española y de Wordreference. Utiliza diccionarios de sinónimos, de antónimos y de ideas afines. Recuerda: al momento de escribir el uso de diccionarios es una regla elemental, independientemente del tipo de texto del que se trate.

* Si tienes problemas de visión consulta al oculista. No estoy bromeando, a un par de ojos enfermos o cansados los errores se le filtran como lo haría el agua por un techo con goteras.

* Revisa el estado de las teclas de tu computador o de tu máquina de escribir. No imaginas la cantidad de letras que no aparecerán o que aparecerán repetidas por teclas en mal estado.

* Por último, consigue buenos lectores, capaces de corregirte con la mejor disposición cuando tu texto salga con errores por no aplicar los consejos.

Nota: Si mientras leías este post me pillaste uno o más errores te digo ya mismo que hoy por la tarde discutí con mi vecino a causa de su perro, que mis lentes se rompieron y todavía no fui al oculista, que a mi procesador de texto no le funciona el corrector ortográfico, que las teclas de mi computador siguen sueltas, que me muero de sueño porque ya es la una de la madrugada y que tengo que apurarme para terminar lo más pronto posible este post.

© Carolina Meneses Columbié